miércoles, 12 de septiembre de 2012

¿Existe un sepulcro de la Santísima Virgen ?

Averiguar el lugar dónde fue sepultada la Santísima Virgen tiene sobre todo valor histórico y arquelógico, fundamentado únicamente en la fe humana. Recordemos que el Dogma de la Asunción sólo nos obliga a creer que María está en cuerpo y alma en el Cielo, aunque no tome en cuenta si hay un sepulcro, si éste está vacío, o -inclusive- si el sepulcro está en ese lugar o en otro.
Sin embargo, como por Tradición Apostólica sabemos que la Asunción tuvo lugar en el sepulcro de María, no pareciera ocioso tratar de dilucidar también dónde fue enterrada la Madre de Dios.
Sabemos, entonces, que María vivió sus últimos días en Jerusalén. Pero, cabe preguntarnos ¿se conoce también el lugar preciso donde acaeció su “dormición”?
A esto se puede contestar que sí. El Padre Cardoso nos dice que la tradición señala como el lugar de la muerte el Monte Sión, en el célebre Cenáculo donde Jesús instituyó la Sagrada Eucaristía. Esta edificación, como otras de las familias pudientes de la época, tenía varios departamentos: uno de ellos había sido cedido por la dueña, María, madre de Juan Marcos, a María, la Madre de Jesús y al Apóstol Juan, a quien Jeús le había confiado en la cruz el cuido de su Madre, por lo que podemos concluir, entonces, que ése sería el lugar del tránsito de María.
En cuanto al sitio de la sepultura, el sepulcro de María Santísima es uno de los muchos que había en Getsemaní, al pie del Monte Olivete.
Ambas cosas están muy bien fundamentadas por el Padre Cardoso en su estudio titulado“La Asunción de María Santísima”, ya antes citado, editado en México el año de la declaración del Dogma (1950).
El autor se basa en algunas obras apócrifas (es decir, obras que no son de los autores a quienes se atribuyeron, ni tienen carácter ninguno de revelación divina), a saber: Las Actas de San Juan (año 160-170), atribuidas falsamente a San Prócoro, uno de los siete primeros Diáconos, díscipulo de San Juan; otras dos obras atribuidas también falsamente a San Ignacio mártir (año 365). Ambos documentos, sin tener intención expresa de hacerlo, señalan que María vivió en el Monte Sión.
Además nos presenta como sustentación de esta realidad una carta, que sí es auténtica, la cual data del año 363, escrita por Dionisio el Místico (quien no se debe confundir con Dionisio el Aeropagita, discípulo de San Pablo), la cual nos trae un relato de la Asunción, en la que se define el lugar: “Los Apóstoles, inflamados enteramente en Amor de Dios, y en cierto modo arrebatados en éxtasis, lo cargaron cuidadosamete (el cuerpo muerto de María Santísima) en sus brazos, según la orden de las alturas del Salvador de todos. Lo depositaron en el lugar destinado para la sepultura en el lugar llamado Getsemaní ...”
Nos traen, además, otros testamentos apócrifos, de valor histórico y arqueológico, entre los cuales destaca uno muy convincente: la reseña de la peregrinación que hizo San Arnulfo al Monte Sión, redactada por un monje escocés, llamado Adamnano en el año 670, en la que se ve un plano rudimentario de la Basílica de Sión, en el cual se lee: Hic Sacta Maria obiit (Aquí murió Santa María). La Basílica de Sión había sido levantada en el siglo IV y estaba ubicada en el flanco sur del Santo Cenáculo, encerrando con su construcción las antiguas dependencias que habitaran la Virgen y San Juan, y, sobre todo, los lugares sagrados de esa edificación.
Es interesante notar que sobre la vivienda última de María han habido ciertas discusiones y opiniones diversas. Pero nunca las hubo acerca del lugar de su sepultura, por lo que podemos decir que el lugar de su Asunción gloriosa al Cielo fue Getsemaní.
En los tiempos de Jesucristo, el Monte Olivete estaba separado del Monte Sion por un estrecho vallecito, recorrido en toda su longitud por la barranca del Cedrón, la cual estaba casi seca la mayor parte del año. A orillas de la barranca, al pie del Monte Olivete, estaba el Huerto de Getsemaní (Huerto de los Olivos), donde Jesucristo solía ir a orar por las noches cuando se encontraba en Jerusalén y donde precisamente fue aprehendido por los soldados la noche anterior a su crucifixión.
La facilidad con que Jesús entraba a aquel jardín ha hecho suponer a algunos historiadores que el lugar era propiedad de la familia de su Madre. Sabemos que los judíos acostumbraban a tener sus sepulcros en sus mismas propiedades. Sabemos que Jesús fue una excepción: su cuerpo fue enterrado en un sepulcro propiedad de José de Arimatea, ubicado al pie del Gólgota, donde fue la Crucifixión, debido a la rapidez con que hubo que enterrar su cuerpo por el apuro de la fiesta del Sábado (cfr. Jn. 38-42).
Los Apóstoles y demás miembros de la comunidad cristiana naciente comenzaron a venerar los sitios santificados por Jesús y por su Madre, cuando vivieron en la tierra: el Cenáculo, el huerto de Getsemaní, la cima del Olivete, donde tuvo lugar la Ascensión de Jesucristo al Cielo; la Vía Dolorosa que va desde Sión al Calvario, el Gólgota, etc. Señalaron todos estos lugares, pero muy especialmente los sepulcros de Jesús y de María.
Sabemos que en el año 70 tuvo lugar la destrucción de Jerusalén, anunciada con todos sus detalles por Jesucristo, de manos de las tropas romanas. Estas levantaron verdaderas murallas de piedra alrededor de la ciudad. Talaron gran parte del Monte Olivete y abrieron fosos y trincheras, lo cual dio por resultado que las entradas de los sepulcros de Getsemaní quedaran bloqueadas y sepultadas bajo ruinas y escombros, como quedó toda Jerusalén. Creen algunos que de lo poco que quedó en pie fue el Cenáculo.
Posteriormente el Emperador Adriano, más bien favorable a los judíos, reconstruyó la ciudad, pero haciendo de ella una ciudad netamente pagana. Así, rellenó y niveló las depresiones que rodeaban al Monte Sión, además de hacer construir un templo a Venus en el sitio del sepulcro de Jesucristo.
Parece que el sepulcro de María escapó a la reconstrucción y a su consiguiente profanación, porque estaba oculto bajo la tierra cuando se hizo el relleno de nivelación.
Cuando Constantino apoyó y promovió la Iglesia, y su madre Santa Elena se ocupó de restaurar y adornar los lugares santos, descubrió el Santo Sepulcro del Señor, en donde encontró la verdadera cruz, y levantó sobre éste una gran Basílica. Hizo lo mismo con el Cenáculo, sobre el cual construyó la Basílica de la Dormición. Sobre el sepulcro de María no se dice nada en esa ocasión, pero algunos suponen que sí se ocupó de éste Santa Elena, por un asunto de estilo en la construcción: el sepulcro de María está -como pueden verlo los peregrinos que van a Tierra Santa- separado de la roca por una rotonda semejante a la del sepulcro de Jesucristo.
En el siglo V comienza a haber testimonios escritos que hablan del sepulcro de María. Uno de éstos, Breviarius de Hierusalem, de un autor anónimo, al describir los Santos Lugares del valle del Cedrón, escribe lo siguiente: “Allí se ve la Basílica de Santa María y en ella está su sepulcro. Allí entregó Judas a Nuestro Señor Jesucristo.”

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