domingo, 4 de agosto de 2013

En Niño perdido y hallado en el Templo

33. ¿Qué sucedió cuando Jesús cumplió doce años? Cuando Jesús cumplió doce años la Virgen y Nazaret lo llevaron al Templo en Jerusalén por la fiesta de Pascua y, a su regreso a Nazaret no lo encontraron en la caverna en que iban, porque se había quedado en el Templo sin que ellos se dieran cuenta.
34. ¿Qué hicieron la Virgen y San José cuando perdieron al Niño Jesús? La Virgen y San José buscaron a Jesús durante tres días y, al cabo de este tiempo, le hallaron en medio de los Doctores de la Ley, oyéndoles y preguntándoles.
35. ¿Qué dijo la Virgen a Jesús al encontrarlo? La Virgen le dijo a Jesús: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira como tu padre y yo, llenos de aflicción, te hemos andado buscando (S. Lucas 2, 48)

36. ¿Qué respondió Jesús? Jesús dijo a sus padres: ¿Cómo que me buscabais? ¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre? (S. Lucas 2, 49)


Algunos comentarios sobre el tema tratado en esta temática: 1. La Ley de Israel obligaba a que en tres de las cinco fiestas principales del año todos «comparecieran ante Dios» en el Templo de Jerusalén. No estaban obligados los sordos, los idiotas, los niños, los homosexuales, las mujeres, y los esclavos no liberados, los tullidos, los ciegos, los enfermos, y los ancianos, norma que deja ver quiénes eran los más «despreciados» en aquella sociedad, indignos hasta de presentarse ante Dios. Las tres fiestas obligatorias eran la Pascua, las Primicias (Pentecostés) y la Cosecha (las Tiendas). La Pascua era la más popular de las tres. Los pobres -que no podían hacer gastos para varias peregrinaciones al año- cumplían sobre todo en la Pascua. Aunque las mujeres no estaban obligadas, en Pascua solían participar en el viaje con sus maridos y sus hijos. Las otras dos fiestas anuales eran la Fiesta de las Trompetas, en la séptima luna nueva del año, y el Día de la Expiación. Había otras fiestas menores y cada semana, el descanso del sábado.

2. Los textos de la época indican que era a partir de los trece años cuando los niños varones debían ya cumplir con la obligación de peregrinar por Pascua a Jerusalén. Pero era costumbre de los is¬raelitas del interior llevarlos desde los doce años, para que se habituaran al cumplimiento del precepto que les iba a obligar desde el año siguiente. La participación en las fiestas de Pascua con todo el pueblo era una forma de consagrar la «mayoría de edad» del muchacho. A partir de entonces comenzaba realmente a ser un «israelita», pues se entendía que israelita era sinónimo de «el que va a Jerusalén».

3. Para las peregrinaciones se organizaban grandes caravanas formadas entre los vecinos de un mismo pueblo, los amigos, los pa¬rientes. Así se defendían de uno de los principales peligros del camino: los bandoleros. Se viajaba a pie y cuando se avistaba ya Jerusalén, los peregrinos cantaban los «salmos de las subidas» (Salmos 120 al 134).

4. Cuando Jesús fue a Jerusalén por primera vez, a los doce años, aún se estaba terminando de reconstruir el Templo, obra comenzada por el rey Herodes el Grande unos 20 años antes. Para la reconstrucción del Templo se adiestró en albañilería a mil sacerdotes, para que pudieran ser ellos, los consagrados a Dios, los constructores del sagrado edificio. Los materiales que se emplearon fueron de gran calidad: mármoles amarillos, negros y blancos, piedras talladas artísticamente por grandes escultores, maderas de cedro traídas desde el Líbano con las que se hicieron artesonados maravillosos, metales preciosos -oro, plata y bronce-.

Por cualquier parte que uno entrara en el Templo atravesaba portones recubiertos de oro y plata. En los atrios o patios que rodeaban el edificio había grandes candelabros de oro y en cualquier rincón se veían objetos sagrados de oro o de plata. La ma¬yor suntuosidad estaba, sobre todo, en el santuario, parte central del Templo. La fachada era de mármol blanco y estaba recubierta de placas de oro del grosor de una moneda de un denario. De las vigas del vestíbulo colgaban grue¬sas cadenas de oro. Había allí dos mesas: una de mármol finísimo y otra de oro macizo. Desde el vestíbulo del edificio hasta el «Santo» se extendía una parra, en la que los sarmientos eran de oro y a la que se le iban añadiendo racimos de uvas de oro puro.

5. El altar del Templo de Jerusalén se llamaba también el «Santo». Era un lugar reservado sólo a los sacerdotes que estaban de turno cada día para ofrecer los sacrificios y constituía una falta gravísima entrar allí. En el «Santo» estaba el candelabro de oro macizo de siete brazos, la mesa donde se conservaban los panes sagrados y el altar del incienso. Separado por un doble velo de este lugar, estaba el llamado «Santo de los Santos», espacio totalmente vacío, de forma cúbica, con paredes recubiertas de oro, donde estaba “la presencia de Dios”. Era un lugar silencioso y oscuro. En él sólo podía entrar el Sumo Sacerdote a quemar incienso una vez en todo el año, el Día de la Expiación, cuando se rogaba a Dios que perdonara los pecados de todo el pueblo. Para los israelitas era el lugar más sagrado de toda la tierra.

6. Lucas es el único evangelista que nos ha transmitido el relato de Jesús perdido en el Templo a los doce años. Lucas escribió su evangelio para los extran¬jeros, para los no judíos, hombres y mujeres con una mentalidad fuertemente influida por la cultura griega. A estos lectores, la «sabiduría» en la relación maestro-discípulo les inspi¬raba admiración y respeto. Lucas compuso este relato para expresar a sus lectores que Jesús es la Sabiduría de Dios, que su misión fue enseñar el camino de la justicia, que fue el Maestro por excelencia. Así, en este texto, además de dar el dato histórico del primer viaje de Jesús a Jerusalén a los doce años, elaboró un mensa¬je teológico e hizo una catequesis para lectores griegos. En las restantes páginas de su evangelio Lucas explicará de diversas formas cómo entender esta «sabiduría», no como la entendían los griegos -acumulación de cultura, alejamiento del mundo- y presentará a Jesús como portador de «otra» sabiduría.


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