domingo, 6 de septiembre de 2015

2. LA ÉPOCA PATRÍSTICA



n SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA (+ c.110). La doctrina mariológica se encuentra insertada en la polémica antidoceta: Cristo pertenece a la estirpe de David por nacer verdaderamente de María Virgen (Ad. Smynaeos I,1); fue verdaderamente concebido y engendrado por Santa María (Ad. Ef. 7,2); esta concepción fue virginal (Ad. Ef. 18,2), y esta virginidad pertenece a uno de esos misterios ocultos en el silencio de Dios (Ad. Ef. 19,1).
·    La concepción y el parto aparecen ligados a la Cristología, como el modo de entrada del Verbo en nuestro mundo, que afecta radicalmente a la verdad de su carne y de su relación con el género humano; el misterio de la virginidad aparece estrechamente ligado con otros misterios guardados en el silencio de Dios y directamente referidos a su voluntad salvífica sobre los hombres.

EL PARALELISMO EVA-MARÍA
San Justino (+ c. 167). La reflexión mariana aparece remitida a Gen 3,15 y ligada al paralelismo antitético de Eva-María. En el Diálogo con Trifón, Justino insiste en la verdad de la naturaleza humana de Cristo y, en consecuencia, en la realidad de la maternidad de Santa María sobre Jesús y al igual que San Ignacio de Antioquía resalta la verdad de la concepción virginal (78,3; 84,2) e incorpora el paralelismo Eva-María a su argumentación teológica (100, 4-5).
Este paralelismo de Gen 3,15 se encuentra en dependencia de la afirmación paulina de Rom 5, concerniente al paralelismo Adán-Cristo. Los estudiosos suelen llamar principio de recirculación a esta reflexión teológica de que entre la caída y su reparación existe un paralelismo  antitético.

San Ireneo de Lyon (+ c.202). El paralelismo Eva-María adquiere su pleno desarrollo teológico. A él se debe, además, la analogía entre María y la Iglesia. En el  ambiente polémico contra el gnosticismo y docetas insiste en la realidad corporal de Cristo, y en la verdad de su generación (Ad. Haereses, 3,19,3), y hace de la maternidad divina una de las bases de su Cristología y Soteriología: es la naturaleza humana asumida por el Hijo de Dios en el seno de María la que hace posible que la muerte redentora de Jesús alcance el género humano(Ad. Haereses, 1,10,1). La lucha contra el gnosticismo le lleva a destacar el papel maternal de Santa María en su relación con el nuevo Adán, y, en consecuencia, le lleva a destacar el papel activo de la Virgen en su cooperación con el Redentor.

Tertuliano (+222). Utiliza el paralelismo Eva-María en un contexto antignóstico. Afirma la conveniencia de que el Verbo recibiese carne de una virgen, ya que Adán había sido hecho de tierra virgen (De carne Christi, 17,1). El paralelismo se seguirá repitiendo a lo largo de toda la patrística. La posterior exégesis y la predicación lo irán presentando con mayor detalle, profundizando cada vez más en su significado soteriológico y en la analogía que guarda también con  la relación María-Iglesia.
En cualquier caso, es evidente que con el paralelismo Eva-María, la consideración teológica se adentra cada vez con mayor riqueza por caminos de afirmación clara de la colaboración activa de Santa María en la obra de la salvación en plano excelso y único. Este paralelismo tiene como eje fundamental la relación pecado de Eva-Anunciación de María; tiene como centro la relación Adán-Cristo, otorgando en consecuencia a la Mariología una dimensión cristocéntrica, pues todos los autores que utilizan en paralelismo Eva-María lo hacen con un sentido netamente cristocéntrico.

LA MATERNIDAD DIVINA
Es el primer fundamento en el que se basan las primeras reflexiones patrísticas, bien se manifiesten, como sencillo testimonio de esta maternidad virginal, bien como reflexión sobre el papel de la nueva Eva en la historia de la salvación. A partir del siglo IV cuando se utiliza el título de Theotokos se despliega el esplendor de la doctrina mariana y de la piedad popular. La Virgen es introducida en la liturgia con fiestas, se pronuncian homilías y se cantan himnos que alimentan el fervor y ayudan a descubrir los privilegios marianos y su conexión con la verdad central de la maternidad divina. El título de Theotokosaparece por primera vez en la oración Sub tuum praesidium, que es la plegaria mariana más antigua conocida. Luego la utiliza Alejandro de Alejandría (+328) en la profesión de fe contra Arrio y a partir de entonces se universaliza esta verdad y son muchos los Santos Padres que se detienen a explicar su dimensión teológica.

LA TOTAL SANTIDAD DE MARÍA
La descripción de los comienzos de la Mariología quedaría incompleta si no se menciona un tercer elemento básico en su elaboración: lapanhagía, los «privilegios» marianos. Ya San Ignacio de Antioquía los considera. De hecho son utilizados por los Padres, aunque en el contexto aunque su defensa resulte a veces incomoda. Así sucede con la virginitas in partuaparentemente tan favorable a la posición de los gnósticos. La afirmación se hizo universal convirtiéndose para San Gregorio de Niza y otros Padres en un signo específico de la Encarnación del Verbo. Metodio exalta a la siempre Virgen María (aeiparthenos); San Epifanio introduce en un símbolo de fe este título mariano. El II Conc. Ecuménico de Constantinopla recogió este título en su declaración dogmática.

Junto a la afirmación de la virginidad de Santa María se va destacando la afirmación de la santidad. Rechazada siempre la existencia de pecado en la Virgen, se aceptó primero que pudieran haber imperfecciones (San Ireneo, Tertuliano, Orígenes, San Basilio, San Juan Crisóstomo) mientras que San Ambrosio (De virginibus) y San Agustín rechazan que se diesen imperfecciones en la Virgen. San Jerónimo relaciona la perfecta santidad de María con la maternidad divina (Epist.  XXII,38).

Después de la definición dogmática de la maternidad divina, la prerrogativa de la santidad plena se va consolidando y se generaliza el título de «toda santa» -panhagia-. En el Akathistos se canta «el Señor te hizo toda santa y gloriosa» (canto 23). A partir del siglo VI, y en conexión con el desarrollo de la afirmación de la maternidad divina y de la total santidad de Santa María, se aprecia también un evidente desarrollo de la afirmación de las verdades y prerrogativas marianas.

Aunque ya Hesiquio (+ post 450) afirmó implícitamente la Asunción de María basándose en el salmo 132,8 (De Sancta María Deipara), es a partir del siglo VI cuando se trata con más asiduidad esta verdad mariana, con motivo de las homilías que se pronuncian el día 15 de agosto, fiesta de la «dormición».
San Modesto de Jerusalén (+634) instruye a los fieles en el misterio de la Asunción y pone como fundamento la maternidad divina. (Encomium in dormitionem S. Dominae nostrae Deiparae semper que Virginis Marie, 5.)
San Germán de Constantinopla (+ 733) expone en varias homilías de la fiesta de la «dormición» los argumentos teológicos de la glorificación corporal de la Virgen (Oratio in dormitionem S. Deiparae). Lo mismo hace San Andrés de Creta (+ c.740, In Dormitionem B. V. Mariae) y algo después, con más profundidad doctrinal, San Juan Damasceno (+749, Homilía in Dormitionem B. V. Mariae).
Teodoto de Ancira (+438) escribe que la Virgen «está exenta de toda malicia, sin mancha, inmune de toda culpa, intemerata, sin mancha, santa de alma y cuerpo» (Homilía VI,11).
Hesiquio presenta a María exenta de concupiscencia (De Sancta María Deipara).
San Sofronio (+638) fue el primero que sostiene que María recibió, por privilegio especial, una gracia prepurificante (Or. II. In SS. Deiparae Annuntiationem).
Para San Germán, la Virgen está exenta del fomes del pecado (Or. VII. In dormitionem SS. Deiparae)
San Andrés de Creta presenta a María como la primera criatura de la humanidad redimida (Or. XII. IN dormitionem B.V. Mariae I).

En esta época tardía de la patrística se multiplican las voces que ensalzan a María como Reina y Señora de cielos y tierra. Tal es el caso de Leoncio de Bizancio, San Andrés, San Germán, San Juan Damasceno.
Si en los siglos precedentes los Padres mostraban la cooperación de la Virgen en la obra redentora por medio de la antítesis Eva-María, ahora proclaman de forma directa la misión social de la Virgen. Ella es refugio de los hombres (San Sofronio), «único camino de salvación» (San Germán). San Juan Damasceno insiste en la dispensación de las gracias, al igual que San Andrés de Creta.

Al considerar la época patrística, se aprecia que en estos ocho primeros siglos de historia, la Iglesia ha profundizado de forma progresiva y constante en los misterios de la Madre de Dios. Las líneas de profundización pueden sistematizarse en: la madre de Jesús, es verdadera madre de Dios, que concibió y dio a luz al Señor virginalmente. Ella está, por tanto, relacionada esencialmente con el Redentor, como la nueva Eva, madre de los vivientes. Ella es también prototipo de la Iglesia. Su papel en la historia de la salvación es la razón de que se le hayan otorgado tantas gracias excepcionales: está adornada con una total santidad y goza de unas especiales prerrogativas que le han sido concedidas en atención a su misión de Madre de Dios y Madre de los hombres.

Ya en el siglo II se habla de la virginidad de María y se encuentra formulado el paralelismo Eva-María y se comienzan a considerar las relaciones María-Iglesia, es a partir del Concilio de Efeso cuando, tras la clara afirmación de la maternidad divina, se encuentran los testimonios de las fiestas y de la devoción a Santa María. Así se advierte en los numerosos sermones que han llegado hasta nosotros. Este desarrollo es más esplendoroso en el Oriente que en el Occidente, que a la luz de la historia aparece mucho más sobrio de expresión y más reservado a la hora de hablar de prerrogativas marianas. En el Occidente, ya casi cerrando el período patrístico, es de rigor destacar la figura de San Idelfonso, no sólo por su clara defensa de la virginidad de Santa María, sino también por su canto a la realeza de María y, especialmente, por su devoción a Nuestra Señora concretada en la idea de servicio amoroso y de consagración a María.

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