domingo, 6 de septiembre de 2015

3. MARÍA EN LA EDAD MEDIA



Desde el punto de vista de la progresión de las ideas teológicas, no es fácil trazar una línea divisoria entre el final de la patrística y el comienzo de la Edad Media, sobre todo, si se tiene en cuenta al Oriente. En efecto, la devoción mariana y el pensamiento teológico en torno a Santa María siguen allí lo que se ha descrito como un decurrir bastante rectilíneo y sin interrupción hasta la caída de Constantinopla en 1453, mientras en Occidente, sobre todo, a partir del renacimiento carolingio se da un notable cambio hacia un mayor desarrollo de la Mariología. Este desarrollo es efecto, en primer lugar, del influjo de los grandes autores latinos (Ambrosio, Jerónimo, Agustín); pero es efecto también del influjo de Oriente en el Occidente, influjo que es de suma importancia en el comienzo de la Edad Media.

Este influjo se manifiesta en la introducción de las fiestas marianas de Oriente en Occidente a partir del siglo VII, en la traducción de homilías e incluso del himno Akathistos, cuya versión latina realizada en torno al a. 800, llega a popularizarse. Esta influencia del Oriente en el Occidente tiene mayor importancia si se tiene presente que, en el caso de la Mariología, el desarrollo doctrinal que se experimenta en el Occidente viene precedido por lo que podría calificarse como una auténtica y duradera explosión de piedad popular. De ahí que pueda decirse con toda justicia que existe continuidad, y no un declive, en esta evolución que va del período patrístico al siglo XI. (Köhler, Th., Historia de la Mariología).

Se trata de un desarrollo doctrinal que tiene como puntos firmes la maternidad divina y la perpetua virginidad de Santa María, recibidas ya como verdades pertenecientes a la fe. De allí se orienta hacía la consideración de las prerrogativas marianas, especialmente de la Inmaculada Concepción, de la Asunción, de la Mediación y de la Realeza, ampliando y profundizando los temas ya recibidos en esbozo de la teología patrística.

En la Edad Media aún no nos encontramos con los tratados de Mariología en el sentido estricto del término. La ampliación de estos temas se produce a través de sermones, de escritos ascéticos y de comentarios a la Escritura. Concentrándose en cuestiones relativas a las prerrogativas, mientras que el paralelismo Eva-María para a un lugar de menor relieve.

El primer autor notable de esta época es Beda el Venerable (+735). En él se encuentran los tradicionales temas: Eva-María, María-Iglesia. La vida de la Virgen, sus virtudes y «privilegios» reciben en la predicación y en los comentarios bíblicos un tratamiento piadoso y sobrio.

Ambrosio Autperto (+784) que llega a afirmar la maternidad espiritual de María. De origen italiano, esta influenciado por la teología Oriental, aun tratando los temas clásicos de la teología latina. Ello se nota en el relieve que toma el Apocalipsis.Supo unir la tradición teológica bizantina y latina.
Elipanto de Toledo (+800) y Félix de Urgel (+818) recalcan la verdad de la maternidad divina en el rechazo del adopcionismo, lo cual culminará en el concilio de Frankfurt del a. 794.

Los escritores carolingios (Alcuino, +804; Paulino de Aquileya, +802) fueron los que más se esforzaron contra el adopcionismo. A este período, quizá finales del siglo VIII, pertenece la composición delAve, maris stella, himno en el que se exalta la maternidad virginal.

Esta imagen de la Virgen como estrella del mar pasa rápidamente a la devoción mariana occidental. Se encuentra presente en Estrabón (+846) y en Rábano Mauro (+856), ambos benedictinos, y alcanzará quizá su expresión más bella en San Bernardo de Claraval (+1153). Todavía sin salir del siglo IX conviene mencionar, por lo ilustrativa del espíritu de la época, la controversia sobre la virginidad en el parto entre Pascasio Radberto (+865) y Ratramno (+ c.868). Los escritos de Ratramno parecen negar la virginidad en el parto; los escritos de Radberto hablan  ya de la Inmaculada concepción.

A partir del siglo IX, comienzan a ser más frecuentes afirmaciones, que, de una forma u otra, inciden en la cuestión de la concepción inmaculada de María: se presenta a la Virgen como privada de las consecuencias del pecado original (la concupiscencia, la corrupción, etc.), o como liberada de nuestro pecado original, como la «sola bendita»,, como «la bendita por antonomasia». También pertenece a esta época la carta Cogitis me atribuida a Radberto y que tanta incidencia tuvo en la cuestión de la asunción de Santa María a los cielos.

En el siglo XI, aunque la devoción popular sigue siendo intensa, no son muchos los autores que se destacan en el terreno de la Mariología. Cabe mencionar los sermones de Fulberto de Chartres (+ 1028), las obras de San Pedro Damián (+ 1072) y las de Godescalco de Limburg (+1098), en las que se resalta la intercesión de Santa María por todos los hombres y su mediación universal. A finales de siglo se comienza a considerar con mayor atención la colaboración de Santa María con la obra de la Redención.

Con el siglo XII surge una nueva época, sobre todo en lo concerniente al quehacer teológico y, en consecuencia, en la forma de considerar a Santa María. En efecto, con el surgimiento de la escolástica y la concepción de la teología como una ordenada fides quaerens intellectum, los teólogos consideran a Santa María como parte integrante de lo contemplado por la fe. Esta contemplación se encuadra principalmente en torno al misterio de Cristo.

Así sucede ya con San Anselmo de Canterburry (+1109). Su doctrina sobre la Virgen se encuentra principalmente en el Cur Deus homo, dedicado al motivo de la encarnación, en el De Conceptu virginali et originali peccato y de las célebres Orationes. En el De conceptu virginali, San Anselmo no acepta la Inmaculada Concepción y, sin embargo, pone las bases para un desarrollo teológico correcto del dogma de la Inmaculada. Sus oraciones son de una gran riqueza mariológica, no sólo por la honda piedad que muestran, sino por la profundidad con que Santa María es presentada como Madre de Dios y, en consecuencia, por las deducciones que de aquí hace en torno al papel de Santa María en la historia de la salvación.

Inmerso en este ambiente aparece Eadmero (+1124), discípulo de San Anselmo, que escribe dos obras muy importantes para el tema de la Inmaculada Concepción: el Liber de excellentia Virginis Mariaey un Tractatus sobre su concepción. En Eadmero se prosigue con tonos cada vez más ardientes la tradición plasmada ya en el Sub tuum praesidium que invoca a María como intercesora y ayuda singular. También en esta época comienza la interpretación mariana del Cantar de los Cantares, quizá debido a la lectura de trozos delCantar en la liturgia de la fiesta de la Asunción. Los primeros comentarios son los de Ruperto de Deutz (+1135, Comm. in Cantica Canticurum) y Honorato de Autún (+1136, Siguillium Beatae Mariae).

San Bernardo de Claraval (+1153) es, sin duda, la figura mariológica clave del siglo XII no tanto por la amplitud de sus escritos cuanto por su decisiva influencia en el pensamiento posterior. Sus escritos más importantes son las cuatro homilías sobre el evangelio Missus est, los tres sermones sobre la fiesta de la Anunciación, los cuatro sobre la Asunción, uno sobre las doce estrellas, el de la fiesta de la natividad de María y la carta a los canónigos de Lyon. Se trata, pues, fundamentalmente, de una producción teológica hablada y su influencia se debe, en no pequeña medida, a la belleza de su estilo, lleno de unción y fervor, alabado unánimemente.

La influencia de San Bernardo se debe a dos características de su doctrina mariana: por una parte, intenta recoger la tradición anterior y por otra su pensamiento tienen una magnífica coherencia interna. Sus dos principios son: la grandeza de la maternidad divina de María y su papel como mediadora entre Dios y los hombres en razón de su especial y materna relación con el Mediador.

San Bernardo ha recibido el título de Doctor melifluo precisamente por la belleza de su estilo; su más importante característica es la doctrina sobre la mediación de Santa María. En forma especialmente hermosa se describe esta mediación en el pasaje respice stellam. La influencia de San Bernardo se extiende a toda la Mariología de finales del Siglo XII.

El desarrollo de la Mariología en el siglo XIII se debe a las órdenes mendicantes, especialmente franciscanos y dominicos. Entre ellos destaca San Antonio de Padua (+1231), que sigue exponiendo las verdades marianas principalmente en sermones.

Con el siglo XIII llega el siglo de Oro de la Escolástica, y con él llega también el momento de las grandes sistematizaciones teológicas. Las verdades marianas van recibiendo, en consecuencia, una consideración más unitaria y sistemática. En el Libro delas Sentencias, Pedro Lombardo (+1160) trata de Santa María precisamente en la Cristología, al estudiar el misterio de la encarnación.

San Alberto Magno(+1280), De incarnatione, sitúa decididamente la Mariología en la Cristología. En él es patente la búsqueda de una mayor sobriedad mariológica con respecto a la época anterior.
Santo Tomás de Aquino (+1274) Summa Theologiae, coloca las cuestiones marianas al final de la Cristología, tras el estudio de la mediación de Cristo y al comenzar las cuestiones de la vida de Cristo como comienzo de la Soteriología.
San Buenaventura (+1274), Breviloquio y en sus Comentarios a las Sentencias de Pedro Lombardo. La estructura es similar a la del aquinate, se apoya en los principios de la maternidad divina y su asociación a la obra de Cristo.

SIGLO XIV:
n Beato Juan Duns Escoto(+1308), Comentario a las sentencias(1289, Oxford y 1304, París). Su rasgo común es la sutileza argumentativa y su fuerza dialéctica. Es famosa su firme defensa de la Inmaculada Concepción: decir que María no ha contraído la mancha del pecado original no sólo no niega la universalidad de la redención, sino que muestra a Cristo como el Redentor perfectísimo, pues una redención que incluso preserva del pecado es más perfecta que la que simplemente libra de él, una vez que ya se ha contraído.
La gran devoción mariana de este período lleva consigo el que sean incontables los autores que escriben sobre Santa María, sin que esto signifique que introduzcan grandes cambios en la Mariología.

n Jaime de Voragine (+1298) conocido por su Leyenda dorada y por su Mariale aureum.

n Raimundo Lulio (+1316) en el que se unen en una síntesis inconfundible poesía y ciencia.

n Gregorio Palamas (+1360) y Nicolás Cabasilas (+1371) en Oriente.
Puede decirse que se asiste en este período a un auténtico enriquecimiento de la doctrina mariana, y lo que como hecho teológico es quizá más importante, se asiste a un auténtico clamor de alabanzas marianas por parte de los teólogos. Entre ellos destacan: Pedro Aureolo (+1320), Francisco de Meyronnes (+1325).

En resumen, en la época medieval los textos bíblicos y patrísticos sirven de apoyo para una reflexión teológica cada vez más estructurada sobre la Madre de Dios.

En esta época surgieron tres géneros marianos específicos:
n 1º Mariale: libro escritos en alabanza y honra de María. Entre las que proliferan se debe mencionar la atribuida a San Alberto Magno que a la luz de los textos de la Anunciación introduce varios temas marianos.

n 2º Florilegios marianos, en donde se relatan diversos hechos prodigiosos atribuidos a la intercesión de María. Entre ellos: De miraculis B.V. Mariae de Gualterio de Cluny.

n 3º Monografías marianas, que o tratan de alguna prerrogativa mariana (Tractatus de conceptione B.M. Virginis, de Eadmero), o recogen colecciones de sermones marianos ponderando algún aspecto de la Virgen (Tractatus de Beata Virginis, Bernardino de Siena), o bien ofrecen consideraciones espirituales sobre la Virgen (Speculum B. M. Virginis, Conrado de Sajonia); o glosan la vida de María (Itinerarium Virginis Mariae, anónimo).

De esta época proceden los himnos Ave Mariae Stella (s. IX), Salve Regina (s. XI), Alma redemptoris Mater (s. XII), Memorare (s. XII). Debemos citar especialmente el Santo Rosario, que adquirirá la actual estructura en el siglo XVI. 

Las fiestas marianas se multiplicaron extraordinariamente. Junto a la severa imagen románica de la Virgen con el Niño, aparece la gótica de la Dolorosa y de la Piedad. Se construyen catedrales y templos en honor de la Virgen.
La teología mariana prosigue en el siglo XV con la consideración cada vez más atenta a los misterios de la Inmaculada y de la Asunción. Este período se cierra con el franciscano Bernardino de Busti (+1515), cuyo Mariale es una recopilación de leyendas, hipérboles y afirmaciones razonables.

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