domingo, 6 de septiembre de 2015

4. MARÍA EN LA EDAD MODERNA

Viene marcada por la decadencia del pensamiento y los excesos de la Reforma. Sin embargo, se ha llamado la atención sobre el hecho de que los primeros Reformadores no llevaron sus ataques directamente contra la piedad y la doctrina mariana. Más aún, a Lutero Así se nota especialmente que la defensa católica de la persona de María ante la controversia protestante dio origen en los siglos XVI y XVII, a una profundización y sistematización de los privilegios marianos. Fruto de esa defensa es el tratamiento que se hace sobre María en el Catecismo para Párrocos, mandado publicar por San Pío V, como síntesis de la doctrina emanada en el Concilio de Trento y, a otro nivel, la obra De B. Virgine incomparabili de San Pedro Canisio (+1597).

Dos rasgos característicos de este período son: Por una parte, el nacimiento de la Mariología como tratado con especial coherencia interna. Por otra, las instancias que el jansenismo plantea al pensamiento católico.

Fue Francisco Suárez (+1617) quien por primera vez intentó realizar un estudio mariológico completo desligado del tratado de Verbo Incarnato. En 1584 compuso las Quastiones de B. N. Virgine quattuor et viginti in summa contractae, pero, por varios motivos, no las publicó como un libro a se, sino que el 1592 las introdujo en su obra Disputationes de Mysteriis Vitae Christi, (d. 1-23). No obstante por su sistemática puede considerarse como el fundador de lo que conocemos ahora como el tratado de Mariología.

El primero que utilizó la denominación de Mariologia fue Plácido Nigido en su Summa Sacrae Mariologiae (1602). Este autor intentó dar un tratamiento distinto y separado sobre la bienaventurada Virgen María y estructuró su tratado, no cronológicamente, como lo hace Suárez, sino según la causalidad eficiente y final. Este título -Mariología- se hace común  en el siglo XIX y perdura hasta nuestro tiempo.

Pertenecen a este momento de la historia nombres egregios para la Mariología  como los de San Lorenzo de Brindisi (+1619), D. Petau (+ 1652) Juan Bautista Novati (+1648). Puede decirse que toda la teología católica de este siglo reacciona con pasión agrupándose en torno a la tradición mariana recibida de los siglos anteriores y protegiendo la devoción popular a Santa María. Lo mismo sucede en autores de tanta importancia en el ámbito francés, como Pedro de Bérulle (+1629), fundador del Oratorio francés y Jean-Jacques Olier (+1657), fundador del Seminario de San Sulpicio. Ambos se caracterizan por su predicación impetuosa de las glorias de Santa María y de su poder intercesor; ambos presentan las verdades marianas en estrecha relación con Cristo.
La piedad mariana degeneró no pocas veces en sentimentalismos, exageraciones y, a veces, verdaderas desviaciones, a las que salen al paso voces tan autorizadas como la de Bossuet, quien insiste en que la verdadera devoción a la Virgen no se encuentra más que en una consecuente vida cristiana. Pero en el siglo XVII, la teología debe reaccionar también ante el rigorismo jansenista, sobre todo, en lo que se refiere a su aprecio de la piedad popular y a su concepción de la mediación de Santa María. 


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