domingo, 6 de septiembre de 2015

6. MARÍA EN EL CONCILIO VATICANO II


Ha sido en primer concilio que ha dado un tratamiento extenso y articulado de la doctrina mariana, consiguiendo un feliz equilibrio entre los distintos planteamientos Mariológicos de la época. Por esta razón, su doctrina es punto de referencia de primer orden para el quehacer mariológico.

LA SITUACIÓN DE LA MARIOLOGÍA ANTERIOR AL CONCILIO VATICANO II
El Concilio dio un enfoque eclesiológico, que apareció como alternativo al planteamiento tradicional. Ambos intentos eran totalizantes e intentaban resolver cuestiones mariológicas cada una desde su óptica. Köster acuñó en el Congreso de Lourdes (1958) el término de Cristotipismo corriente cristotípica y de Eclesiotipismoocorriente eclesiotípica. Ambas corrientes fueron un factor determinante en la redacción del capítulo VIII de la Constitución Dogmática Lumen Gentium.

VICISITUDES DEL TEXTO MARIANO EN EL CONCILIO VATICANO II

En el primer esquema sobre la Iglesia se trataba el tema en el capítulo quinto, con el título De María, matre Iesu et Matre Ecclesiae (julio 1961); seis meses  más tarde se envió a la Comisión Teológica con otro nombre. En marzo de 1962 la Comisión decidió separarlo del esquema sobre la Iglesia y fue devuelto a los Padre en noviembre de ese año. Se levantaron voces en favor y en contra de la inclusión dentro del texto sobre la Iglesia. El clima fue tenso por ambas partes. No era una simple cuestión de procedimiento, sino implícitamente suponía la aceptación de una u otra postura mariológica. Los que optaban por la unificación (eclesiotipismo) y los que defendían la separación (cristotipismo).

El Cardenal Santos de Manila era portavoz de los que propugnaban dos esquemas. Su exposición fue muy teológica, mostrando el lugar de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia. El Cardenal König de Viena defendió la otra postura. Reconoció el valor teológico de la exposición; sin embargo, por razones ecuménicas y pastorales proponía la inclusión de la Virgen en el esquema de la Iglesia. El 29 de octubre de 1963 tuvo lugar la votación con una diferencia mínima a favor del esquema unitario.

EL TEXTO APROBADO
Mons.  Maurice Roy, arzobispo de Quebec, presentó el 16 de septiembre de 1964 el capítulo VIII. La exposición justa y equilibrada fue alabada por los Padres conciliares. Se le hicieron algunas modificaciones y se presentó a una nueva votación el 29 de octubre, de nuevo se recogieron algunas propuestas y el 24 de noviembre fue sometido a una nueva votación.

LA DOCTRINA MARIANA CONCILIAR:
Es necesario tener en cuenta las siguientes premisas:
a) Este capítulo mariano no pretende agotar cuanto puede decirse de la Virgen (cfr. Nº 54).

b) El Concilio no intenta resolver las controversias de las diversas tendencias mariológicas.

c) El texto conciliar legitima el valor de la Tradición y del Magisterio eclesiástico que, juntamente a la Sagrada Escritura, sirven de base para un progreso acertado de la Mariología (nº 55).

d) Se intenta eliminar el peligro latente de una Mariología cerrada, autónoma y aislada. Para ello se sitúa a María dentro del misterio de la salvación y allí se la ve con sus privilegios y prerrogativas personales (53, 56, 58, 60, 63-66).

e) Este texto magisterial contempla a María desde una perspectiva histórico-salvífica y deja de lado la orientación teológico-especulativa predominante en los años previos al Concilio.

f) En el documento está latente un evidente afán ecuménico (55-59).
El mismo título indica la metodología que va a seguir; partiendo de la realidad de la maternidad divina, y de su íntima e indisoluble relación con Cristo, se sitúa a María en el misterio salvífico, para obviar de esta manera una separación o alejamiento que la desvincule de los hombres.

El texto conciliar va más allá de las fricciones y, por elevación, supera la antinomia de las posturas previas, llegando a la síntesis conciliadora. Por pertenecer al misterio de Cristo, María forma parte necesariamente del misterio de la Iglesia, ya que, en la mente del Concilio, existe un único misterio, que es el de Cristo prolongado en la Iglesia.


1. MISIÓN DE MARÍA EN LA ECONOMÍA DE LA SALVACIÓN (NN. 55-59)

 El Concilio, comenzando por el A.T. (n.55) presenta los texto marianos escriturísticos en donde se aprecia la íntima implicación de la «mujer» en el misterio de Cristo. La figura de la mujer, Madre del Redentor, que ya aparece en Gen 3,15, se va iluminando progresivamente y aparece como la virgen madre del «Dios con nosotros» (Is 7,14; Miq 5, 2-3; Mt 1,22-23). Ella es el paradigma de los pobres de Dios y a la vez es la excelsa Hija de Sión.
 De los nn.56-59 se contemplan los textos del N.T.: Anunciación (n.56): se aprecia que la cooperación activa de María en la liberación de los hombres tiene ya su fundamento en el primer instante de su aceptación del plan divino. Observación que condensa y sintetiza la pertenencia de María a la historia salutis(n.57). A continuación relata los momentos más significativos de ese itinerario: la visitación, el nacimiento del Salvador, la adoración de los pastores y de los Magos,...la cruz (n. 58), Pentecostés y la Asunción (n.59).

2. RELACIONES ENTRE LA SANTÍSIMA VIRGEN Y LA IGLESIA (NN. 60-65)
En el n.60 se aprecia la preocupación ecuménica con una alusión explícita al unus Mediatorpaulino (1Tim 2,5-6), tan del agrado de la tradición luterana. Tomando como base esta verdad de fe, el Concilio afirma la mediación materna de la Virgen (n.62). La base de esta mediación se justifica: a) por la predestinación eterna como Madre de Dios (n.61); b) por el consentimiento y aceptación de la voluntad divina con el fíat de la anunciación (n.62); c) por ser la compañera singularmente generosa del Señor, desde el momento de su generación hasta acompañar a su Hijo en la Cruz (n.61); d) porque «asunta a los cielos no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna» (n.62).

Como se desprende de la enumeración de estos motivos, la mediación mariana tiene un doble fundamento: María es mediadora de forma mediata, porque ella concibió al Redentor y, a la vez, lo es de una manera inmediata, porque con sus actos se une voluntaria y conscientemente a las acciones redentoras de su Hijo.

El texto conciliar da pie para afirmar que la mediación de la Virgen se extiende tanto a la adquisición de las gracias (n.61) -redención objetiva-, como a la distribución de ellas (n.62) -redención subjetiva-.
A continuación en esta sección se contempla a María como ejemplo, modelo y tipo de la Iglesia. La maternidad divina es la causa de la unión esencial de la Virgen con la Iglesia (n.63). Esta unión es, por tanto, derivada de una previa: la unión de la Madre con su Hijo.

Consecuentemente, esta unión íntima entre María y la Iglesia origina unas relaciones o vínculos mutuos. En efecto, María es: a) tipo de la Iglesia, en orden a la fe, caridad y unión perfecta con Cristo (nn.63 y 64); b) modelo tanto de madre como de virgen (nn.63 y 64).
Lógicamente, el texto conciliar en el párrafo siguiente (n.65) explícita esta doctrina, poniendo ante la comunidad de los creyentes las virtudes de María que deben imitar: su eximia santidad y sus virtudes teologales, en especial su peregrinación en la fe y su amor materno.

3. DEVOCIÓN Y CULTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN (NN. 66-67)
Estos párrafos nos presentan la relación entre María y la Iglesia, originada por la maternidad divina y por la relación tipológica entre ambas. El fundamento del culto mariano es la excelsitud de la Virgen (n.66). En el desarrollo histórico se distinguen dos épocas: a) desde los tiempos remotos hasta el Concilio de Efeso; b) desde Efeso hasta nuestros días. Finalmente hace una valoración doctrinal del culto, diferenciándolo del tributado a Dios, e indicando que la veneración a María favorece el otorgado a la Santísima Trinidad. El n.67 contiene normas de carácter pastoral que se dirigen, en primer lugar, a todos los fieles, exhortándoles a que fomenten el culto litúrgico. En segundo lugar, a los predicadores y teólogos invitándoles a eliminar tanto una falsa exageración, como una minimización de la singularidad de la Virgen y proponiéndoles el camino a seguir: el estudio de la S. Escritura, de los Santos Padres y del Magisterio. Por último, se dirige de nuevo a los fieles proviniéndoles del peligro de un falso sentimentalismo y de una vana credulidad, ajenos a la verdadera devoción.

4. MARÍA SEÑAL DE FIRME ESPERANZA (NN. 68 Y 69)
Comienzan estos números con una visión escatológica de María, que asunta al cielo en cuerpo y alma, es imagen y modelo de la Iglesia peregrina en la tierra. A la vez es signo de esperanza cierta y de consuelo para todos los creyentes.
Se invoca finalmente a la Virgen como intercesora ante su Hijo, para que, a través de la devoción mariana y de su mediación materna, se logre que todos los cristianos y todos los hombres constituyan un solo Pueblo de Dios.

MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA
El título aparece pocas veces en la literatura cristiana de siglos pasados. Sin embargo, fue emergiendo a partir de la doctrina del Cuerpo Místico. Benedicto XIV en la Bula GloriosaeDominicae afirmó la doctrina de la maternidad de María sobre la Iglesia. León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII expresan la misma realidad con iguales o equivalentes términos. 

No obstante, es como Pablo VI cuando este título llega a su plena definición. Las razones en las que fundamenta el título son en primer lugar, la Teología del Cuerpo Místico; en segundo lugar, que es un nombre con el que están acostumbrados los fieles a dirigirse a la Virgen; tercero, la insistente petición del orbe cristiano. La solemne declaración abre un amplio camino para ahondar en la maternidad espiritual de María.

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