lunes, 21 de septiembre de 2015

FINALMENTE, TAMPOCO ESTÁ CLARO QUE ESTOS DOS TEXTOS PERTENEZCAN A LA MISMA ESCENA.


Hay datos que muestran su distinción: el primero se desarrolla dentro de la casa y en un ambiente de aglomeración; el segundo sucede fuera -quizá en el campo- en un clima de serenidad.

Además, el evangelista cuida mucho distinguir claramente a los interlocutores de cada pericona: en Mc 3,20-21 son «los parientes» y en Mc 3,31-35 son «la madre de Jesús y sus hermanos».

Centrándonos ya exclusivamente en los versículos de Mc 3,31-35, a pesar de los textos aducidos anteriormente -que son una excepción-, hay una fuerte tradición patrística que los valora positivamente. Por ejemplo: San Agustín en el Sermón 25, igualmente el Pseudo-Justino en Quaestiones et responsiones ad orthodoxos.

Según Braum (La Mère des Fidèles, 1954), la actitud de Cristo en este pasaje es una manifestación de lo que él denomina «la ley de la separación».

Desde el momento en que Jesús comienza su vida pública, desea permanecer independiente de los lazos de la sangre, para estar totalmente sometido a la voluntad del Padre celestial.

La severidad de sus palabras es sólo aparente, pues intenta hacer notar la trascendencia absoluta del Mesías en su misión salvadora.

Estudio del estilo gramatical de Mc 3,31-35, Kruse (Die dialektische Negation als semitische Idiom, 1954):

Está redactado según las reglas de «negación dialéctica», pues en el lenguaje bíblico -muy condicionado por el hebreo-, una proposición negativa (A) seguida de una contraria afirmativa (B), no forma una negación absoluta, sino relativa, cuya interpretación puede formularse: «No tanto A, cuanto B».

Siguiendo esta regla puede leerse el texto de la siguiente forma: «no tanto quien es mi madre en el orden natural es grande en el reino de Dios, cuanto más bien quien desciende del Padre celestial por el cumplimiento de su voluntad».

El Papa Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Mater, nº20 contempla en esta escena una dimensión más profunda en la relación de María con Jesús que la meramente biológica o carnal.

Hace hincapié en la «maternidad en la dimensión del reino de Dios», que situada en la esfera de los valores espirituales, adquiere una significación más plena, convirtiéndose la Madre «en cierto sentido, en la primera discípula de su Hijo, la primera a la cual parece decir “sígueme”, aun antes de dirigir esa llamada a los apóstoles o a cualquier persona.



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