domingo, 18 de octubre de 2015

3. LAS BODAS DE CANÁ

La escena debe situarse dentro de la sección que comienza con el testimonio de Juan Bautista (1,19) y concluye con la manifestación de la gloria en Caná (2,12). Toda esta parte constituye la semana inaugural de la vida pública del Señor.

El relato pormenorizado del testimonio del Bautista se extiende a lo largo de los dos primeros días de la narración. Para el evangelista, ese testimonio es de capital importancia, y en él proclama a Jesús el Mesías que ha de venir.

Los días 3º y 4º: se narra la elección de los primeros discípulos; y,  a continuación, el relato de las bodas de Caná.
En contraposición con los sinópticos, que Jn nunca llame a María por su nombre, sino que la denomina la madre de Jesús (v.1), porque desea trascender del plano personal, familiar al aspecto funcional de colaboración en la obra de su Hijo.

Lo mismo sucede con Jesús, que nunca se dirige a María con la denominación de madre, sino con el de «mujer», pues desea. La palabra «mujer» no connota ningún matiz despreciativo y se debería traducir como «señora».

Aunque de suyo, las palabras de María a Jesús (v.3) son una mera información objetiva de un hecho, en el contexto son más bien una súplica delicada que, sin forzar la voluntad de su Hijo, esperan una intervención.
El vino en el lenguaje bíblico  es signo de la benevolencia divina. Cuando los profetas anuncian castigos divinos, predicen la carencia de vino y de pan (Is 24,8-11) y viceversa (Miq 2,11). Es también un símbolo de los beneficios  de la Nueva Alianza

Esta frase tiene, al menos, dos significados: a) la sintética afirmación de un evento cierto: la falta de vino; b) si el vino era el anuncio profético de la Nueva Alianza (Is 25,6-9), su falta supone que la Ley Antigua es impotente para salvar al Pueblo elegido. María, que representa al Antiguo Israel, manifiesta a su Hijo la privación de vino, que es signo de la salvación mesiánica. En este sentido, Ella materializa al «resto de Israel» que muestra su indigencia y pobreza a la misericordia divina.
v.4a. Esta frase, una de las más discutidas en su significación, tiene en el lenguaje bíblico dos sentidos:

a) Es equivalente a la expresión: ¿a ti qué te importa? Connota oposición, divergencia o desacuerdo entre las partes.

b) Denota cierto desacuerdo o distinto parecer:  «es cosa tuya, ¿a mí que?» o «¿cómo puedo intervenir en esto?».

Aun cuando ha habido interpretaciones de este texto en el primer sentido de los aquí presentados, es evidente que debe glosarse de acuerdo con el segundo sentido. El mismo hecho de que llame «mujer» a su Madre, indica que Jesús desea trascender del plano meramente familiar y privado al plano salvífico o redentor.

La posible rudeza o incomprensión de esta frase queda matizada por las palabras que Jesús dice a continuación:

4b Todavía no ha llegado mi hora.. Según Vanhoye, esta frase, en su primigenia redacción, sería una pregunta retórica para indicar que ya ha llegado su hora. En este supuesto esa frase equivale a ¿acaso no ha llegado mi hora?.
Según esta tesis, «la hora» indica toda su vida pública que culmina en la cruz: es la hora de la manifestación mesiánica.

Otros teólogos no aceptan el carácter interrogativo porque tropieza  con serias dificultades, pues en Sn Jn se dice varias veces, durante el misterio público de Jesús, que «aún no ha llegado la hora» (7,30; 8,20). Y a la vez también se afirma, cuando se acerca la pasión, que «la hora ha llegado» (12,23; 13,1; 17,1). Por tanto, parece que «la hora» sólo se puede interpretar como el momento de su glorificación. En este sentido, Jesús puede decir, con verdad, que «todavía no ha llegado mi hora».

Según esta exégesis, la respuesta de Cristo está en total consonancia con el diálogo precedente. El sólo sigue la voluntad de su Padre. Hay así una perfecta sintonía con la respuesta dada a María, cuando ésta le encuentra, después de tres días de búsqueda, conversando con los doctores de la Ley en el templo (Lc 2,49). Podríamos decir que, en su misión pública, Jesús procura una separación de la relación familiar, para situarse, de forma explícita, en una dependencia exclusiva y absoluta del Padre. A la vez, cuando llegue la hora de la glorificación, María estará junto a su Hijo al pie de la Cruz (cfr. Jn 19, 25-27).

v.5 Dice su madre a los sirvientes: Hace lo que él os diga. Esta indicación de María a los servidores, como conclusión al diálogo con Jesús, muestra que no ha habido un rechazo, o un desacuerdo absoluto entre la Madre y el Hijo. La frase de María tiene un claro sabor veterotestamentario. Cuando el pueblo hambriento clama al Faraón, éste les remite a José (Gen 41,55). Sin embargo, es muy escasa la semejanza entre ambas situaciones; actualmente se suele interpretar esta frase como un recuerdo de las palabras con que el pueblo israelita acataba la renovación de la alianza y prometía obediencia a Dios (Ex 19,8; 24,3). María retoma aquí aquellos compromisos que en el Sinaí fueron aceptados por el Pueblo elegido. Es decir, asume el papel de mediadora de la Nueva Ley, como lo hizo Moisés con la Ley Antigua.
Dimensión mariológica del milagro

Lo primero que llama la atención es que toda la escena se centra en Jesús y en su madre, y no en los esposos que se casan. De hecho el novio sólo sale una vez (v.9) de forma indirecta al ser interpelado por el maestresala. Se puede afirmar que hay una verdadera «transposición» de los esposos en Caná con Jesús y María, asistentes a su boda.

María es la colaboradora de Cristo en la confección del milagro. Su solicitud materna se abre a los hombres y su comportamiento patentiza de forma implícita su maternidad espiritual. Con sus palabras «haced lo que él os diga» está animando a los servidores a que obedezcan con prontitud y que asuman en el corazón las indicaciones que reciban de Jesús.

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