domingo, 18 de octubre de 2015

4. MARÍA AL PIE DE LA CRUZ

 El texto se enmarca en el relato de la crucifixión; cargado de profundo contenido soteriológico. La escena se desarrolla en el momento en que se cumple «la hora del Señor» cuando Jesús sabe que es inmediato su paso de este mundo al Padre.

Esta narración está construida mediante una serie de pequeños cuadros concatenados y todos llenos de un gran simbolismo teológico. La secuencia es la siguiente:

1.- Sentencia de condenación y título de la cruz (vv. 16 y 17);  2.- Crucifixión entre los dos ladrones (v.18); 3.- Reparto de sus vestidos (vv 23-24); 4.- Las palabras de Jesús a su Madre y al discípulo amado; 5.- Ofrecimiento de vinagre en una caña (vv. 28-29); 6.- La muerte de Jesús (v.30); 7.- La lanzada y el costado abierto (v.34).

Es patente que en medio de este relato -con claras referencias veterotestamentarias- se sitúa la pericona que vamos a estudiar:
v.25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena.
Existe una similitud esencial con los sinópticos: la presencia de un grupo de mujeres. Sin embargo, hay algunos matices divergentes con Mt 27, 55-56; Mc 15,40; Lc 23,49.

v.26-27. Una lectura literal e inmediata de estos dos versículos muestra que Jesús, estando ya en trance de muerte, procura atender la soledad de María, confiando su cuidado a Juan. Constituye un gesto de piedad filial. Sin embargo, hay datos para pensar que este sentido inmediato no agota la significación de esta escena.
Es, evidentemente, una acción de amor filial, pero posee, al mismo tiempo, un rico simbolismo soteriológico:

a) Estos vers. presenta a María como «la madre de Jesús» cuatro veces. Pero éste no le llama Madre, sino mujer. Es obvio pensar que Jesús lo hace con una intención especial.
Esta impresión se refuerza al constatar que las dos veces que Jesús se dirige a su Madre públicamente en este evangelio es con el mismo título mujer y ambos casos en el contexto de la «hora de Jesús». Parece que Cristo quiere mostrar la singular misión que Ella tiene en toda la economía de la salvación, pues si Eva fue la mujer del Génesis asociada a Adán, María es considerada por Jesús como la mujer asociada al Nuevo Adán, para ser la madre de todos los hombres en la nueva vida lograda en la Cruz.

b) La partícula ide (idou) (he aquí) con que empiezan las palabras de Jesús en esta escena, es enfática y sirve para llamar la atención de una forma penetrante y visible sobre lo que viene después. Esta palabra encabeza expresiones de profundo y trascendente contenido teológico; así por ejemplo: 1,29-30; 12,15;19,5.14,

De ello podemos colegir que la frase de Jesús supera el mero significado inmediato literal. Estas palabras, que constituyen la última voluntad de Cristo ponen «en evidencia un nuevo vínculo entre Madre e Hijo, del que confirma solemnemente toda la verdad y realidad. Se puede decir que, si la maternidad de María respecto a los hombres ya había sido delineada precedentemente, ahora es precisada y establecida
claramente» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, n.23).

c) El evangelista prescinde también conscientemente del nombre del «discípulo a quien amaba». Hay diversas opiniones sobre la identidad de este personaje:

1.- La opinión tradicional, que parte de San Ireneo, identifica al discípulo con Juan apóstol y autor de este evangelio.
2.- Otros aceptan que es un personaje real, discípulo de Cristo, pero que no pertenece al Colegio apostólico. Entre éstos, unos lo identifican con el autor del cuarto evangelio, y otros con el fundador de la comunidad joanea.
3.- Finalmente, algunos consideran que es una personificación simbólica de los discípulos fieles al Señor.
Sin embargo, nos parece que debe descartarse esta última opinión. El «discípulo amado» aparece cuatro veces en este evangelio y en todas ellas relacionado con Pedro (13,23; 20,2; 21,7.20).

Es imposible negar el carácter físico-personal del discípulo amado, sin violentar el texto y su historicidad.

d) La misma secuencia dialogal supera la interpretación de mera piedad filial. En efecto: si Jesús sólo hubiera deseado que Juan cuidara de su Madre, bastaba con pedir al discípulo que acogiera a María. No obstante, Jesús se dirige primeramente a la «mujer» y a Ella le confía el «discípulo amado». Dirigiéndose en primer lugar a María, Cristo testimonia una voluntad inversa a lo esperado: que María tome a su cuidado al discípulo. Tal encargo no podía, evidentemente, hacerse al nivel de las relaciones privadas: era una misión oficialmente encomendada a la Virgen, misión que tiene una estrecha relación con la obra redentora que el Señor estaba en trance de consumar» (Galot).

La conclusión del v.27 -eis ta idia- no significa una mera acogida material -como tradicionalmente se ha traducido: «la recibió en su casa»-, sino que, en el lenguaje del cuarto evangelio, esta expresión siempre connota una acción personal, un hecho existencial.
Significado mariano


Se puede decir que hay una doble dimensión mariana en al escena que estamos estudiando. 1º, de una forma inmediata e individual, Jesús entrega María -como madre- al discípulo amado. Pero en misterio se amplía, porque la función materna de María se extiende a todos los discípulos de Cristo que han sido representados por el «discípulo amado» en el Calvario.


2º, de esta escena emerge una dimensión eclesiológica. En efecto, el hecho de que Jesús se dirija a María llamándola «Mujer» supone, como ya lo hemos apuntado antes, que la Virgen asume la realización histórica de la «Hija de Sión»- figura simbólica de Israel sobre la que los profetas proyectaban las esperanzas mesiánicas de salvación.

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