lunes, 5 de octubre de 2015

7. EL NIÑO PERDIDO Y HALLADO EN EL TEMPLO

Hasta el siglo XIX no han existido voces discordantes sobre el origen lucano de este relato. La exégesis crítico-liberal protestante, sin embargo, ha cuestionado en el siglo pasado la historicidad de esta escena. Unos niegan su carácter histórico; otros sostienen que pertenece a «una añadidura lucana en el segundo estadio de la composición»; otros afirman que procede de una fuente distinta de la de los relatos precedentes, etc.
A pesar de todas estas voces discordantes se puede decir que esta escena «no es ni más ni menos lucana que el resto de Lc 1-2. El ambiente veterotestamentario... arguye origen judeo-cristiano jerosolomitano como el resto de la Infancia lucana» (Muñoz Iglesias). No nos olvidemos que «Lucas se refiere  a los recuerdos de María (Lc 2,19 y 51). Es, entre los evangelistas, el único historiador formado, cualificado en la escuela de los Griegos y el mejor situado para recoger esos recuerdos en al comunidad de Jerusalén donde María vivió (Hch 1,14)» (Laurentin). Es posible que San Lucas haya tomado este pasaje directamente de María, «dada la experiencia limitada y aislada de esta anécdota, en la que de nuevo se muestra protagonista la Madre. Pero es indudable que Lucas la ha recogido integrándola admirablemente en el esquema total, a causa del profundo valor teológico que en ella ha descubierto» (Girónes, G. La humanidad salvada y salvadora, p. 74).
Para Laurentin esta escena es la conclusión de todo el relato de la Infancia según San Lucas, donde se remarcan los dos temas centrales: el templo y la filiación divina.
Los vv. 41 y 42 constituyen el pórtico introductorio de toda la narración. En este sentido poseen un claro paralelismo con los vv. 22-24 de la escena anterior. En efecto, este relato se realiza en el mismo marco geográfico: Jerusalén; son los mismos protagonistas: Jesús, María y José; el motivo es semejante: el cumplimiento de una disposición legal. Según Ex 23,14 y Deut 16,16 se prescribe que tres veces al año se presenten todos los varones ante Señor en el Templo: en la fiesta de los Azimos o de la Pascua, en la fiesta de Pentecostés y en la fiesta de los Tabernáculos. Sin embargo, en la interpretación rabínica, cuando la distancia era de varios días de duración, se obligaba a subir al Templo sólo una vez al año. Este precepto no alcanzaba a las mujeres ni a los niños. El hecho de que María acompañe en la fiesta a su esposo indica que ambos eran unos judíos observantes y cumplidores de la ley mosaica.
Según la praxis talmúdica el estado adulto se alcanzaba cuando el varón cumplía los trece años, a esa edad se convierte en «hijo de la ley».
Por lo que acabamos de decir, Jesús no estaba obligado a ir al Templo a la edad de doce años, pero era una práctica común que los padres piadosos llevaran consigo a sus hijos a edad más temprana de la exigida.
El tiempo de permanencia en Jerusalén era de ocho días (Lev 23,4-6; Ex 23,14-17; Deut 16,1-17). Finalizada la estancia, por la mañana, salía la caravana (synodia) constituida por parientes y conocidos de Nazaret. Las mujeres y los niños pequeños iban delante de los hombres. Se reunían al final de la jornada, por la noche. Fue en la noche del primer día de regreso -habían recorrido unos 30 km- cuando María y José advirtieron la ausencia de Jesús.
Al cabo de tres días (meta treis hemeras). Esta frase lucana es poco concreta, pues no indica desde qué instante ha de iniciarse la cuenta de los tres días.
Lo encontraron en el Templo. Es en el Templo donde los escribas y doctores enseñaban y discutían la Ley y en ese lugar es donde María y José hallaron a su Hijo. En este relato no se indica el lugar exacto del Templo, si era en el atrio o en otra dependencia.
Sentado en medio de los doctores. Aunque el estar sentado era la postura de los escribas y doctores de la Ley cuando ejercían su magisterio, también era la postura de los discípulos: sentados a los pies del maestro escuchaban sus enseñanzas. No debe pensarse, por tanto, en una escena magnificada donde un niño superdotado confunde y domina a los ancianos.
Escuchándoles y preguntándoles que era la forma normal de actuar y aprender los discípulos de sus maestros. Continúa el relato diciendo que tanto los doctores como los demás asistentes quedaban admirados. Esta admiración por las respuestas de Jesús anticipa el asombro que suscitará su predicación en los oyentes (Lc 4,23). La palabra «sabiduría» (synesis) no connota primariamente una dimensión religiosa. En este versículo lasynesis es compañera de la sophia, «que enmarca como cualidad destacada en el crecimiento de Jesús todo el relato. Juntas son objeto de la oración de David en favor de su hijo Salomón (1Cro 22,12) y el espíritu de ambas adornará al Mesías según Is 11,2b.
vv.48-50. El verbo ekplessein etimológicamente significa estar estupefacto. San Lucas lo utiliza tres veces más y siempre en un sentido de estupor religioso (4.32; 9,43; Hch 13,12). La pregunta de María -¿por qué nos has hecho esto?- es muy parecida a otras frases bíblicas que siempre conllevan un cierto tono de reproche, de pena de pesar. «Pero dar a esta expresión alguna dureza sería traicionar el estilo de este pasaje y de Lucas en general. El tono es el de una afección respetuosa». Podríamos decir que es la expresión del desconcierto que tiene María ante un hecho incomprensible para ella y que no es coherente con la actuación normal de su hijo en Nazaret.
El v.48b ratifica lo que se acaba de decir. El tono de pena de la frase anterior se debe al sufrimiento padecido por José y Ella durante la búsqueda.
La respuesta de Jesús del v.49 es sorprendente por varios motivos. En efecto: a la pregunta de María, Jesús responde con otra pregunta; a la extrañeza de la Madre, contesta Jesús también con asombro; finalmente hay un cierto tono de reprensión en las palabras del Hijo.
Este v.49 es el centro de toda esta escena relatada por San Lucas. «Literariamente el resto del relato es simple marco histórico con las apoyaturas conceptuales imprescindibles para que el lector entienda lo que Jesús afirma».
La respuesta de Jesús está en un plano distinto a la pregunta de María: «María habla según la vida cotidiana diciendo a José: “tu padre”. Jesús responde retomando la misma palabra padre con el mismo adjetivo posesivo, paralelamente referido al Padre, pero es de otro Padre del que habla: Dios, no José» (Laurentin). Es decir, «la afirmación de Jesús va directamente a contraponer su filiación divina real a la filiación biológica humana respecto a Jesús, que María coloca en un primer plano al anteponerla a la mención de sí misma, se desvanece y se funde en la Paternidad divina que pasa a primerísimo plano. Sin decir explícitamente que José no es su padre, Jesús afirma claramente que su Padre es Dios: su sitio no es al lado de José, sino en las cosas de su Padre celestial».
La palabra dei (es necesario) connota en el lenguaje lucano un matiz de exigencia y de obligación: Jesús afirma su obligación de dar prioridad absoluta a la voluntad de su Padre, que, al final de su vida, le conducirá a su inmolación por los hombres.
El hagiógrafo apostilla en el v.50 diciendo que ellos no comprendieron lo que les dijo. A pesar de las diversas opiniones dadas a esta frase es patente dos cosas:
a) ellos se refiere a María y a José, pues son los interlocutores inmediatos de todo el diálogo con Jesús;
b) la ignorancia se aplica de modo directo a las palabras precedentes de Jesús.
Se puede decir que la falta de entendimiento de Jesús con sus interlocutores sucede bastantes veces en el evangelio de San Lucas y ésta es la primera de ellas.

v.51 El evangelista para indicar la actitud de María repite prácticamente la misma expresión que utilizó para mostrar los sentimientos de la madre en la adoración de los pastores.

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