lunes, 5 de octubre de 2015

8. MARÍA EN LA IGLESIA DE JERUSALÉN

Se puede decir que el tercer evangelio y los Hechos de los Apóstoles constituyen, para San Lucas, una sola y única historia narrada en dos partes; en la primera se relata la vida terrena de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios y Redentor de los hombres; y en la segunda se cuentan los primeros pasos de la vida de la Iglesia fundada por Cristo y continuada por sus discípulos. El prólogo del evangelio, por tanto, es común a los dos libros y por ello San Lucas comienza los Hechos de los Apóstoles haciendo un brevísimo resumen del final del evangelio (vv. 1-2), y prosigue mostrando los sucesos acaecidos tras la muerte y Resurrección del Señor.
Después de la Ascensión de Cristo los discípulos volvieron a Jerusalén desde el monte de los Olivos. Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la estancia superior de donde se alojaban....(Hch 1, 12-13). El v.14 es considerado por los exegetas como una «expresión sumaria» de la que se cale el evangelista para concatenar las sucesivas escenas de los hechos.
Es significativo que, a lo largo de todo este libro, el hagiógrafo haya reseñado sólo en este momento la presencia de María en la primera comunidad cristiana. Según algunos exegetas, la razón de ello es porque, para San Lucas, esta presencia condensa y resume el ser y la vida de María.
En efecto, para el evangelista María es, ante todo, «la Madre que cree y ora». Las escenas del evangelio de la infancia nos muestran a la doncella de Nazaret que, por creer en la palabra de Dios contra toda esperanza, el Padre le hace Madre de su Hijo; que es honrada por Isabel por haber creído (Lc 1,45) en el oráculo del ángel y que es alabada por Cristo, más por haber aceptado la palabra de Dios que por haberle engendrado en su seno (Lc 8,21). Igualmente el evangelista nos presenta dos veces a la Virgen guardando «todas las cosas y ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19.51).
Si en el evangelio esta actitud creyente y orante de la Madre queda circunscrita al ambiente privado de su intimidad, ahora, después de la glorificación de su Hijo, se proyecta sobre la primera comunidad de discípulos, como modelo, ejemplo y paradigma de todo creyente.
«De esta manera aquel doble vínculo que une a la Madre de Dios a Cristo y a la Iglesia adquiere un significado histórico... Esto lo explica el Concilio constatando que María “precedió” convirtiéndose en tipo de la Iglesia... en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo. Este proceder suyo como tipo, o modelo, se refiere al misterio íntimo de la Iglesia, la cual realiza su misión salvífica uniendo en sí -con María- las cualidades de madre y de virgen. Es virgen que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo y que se hace también madre... pues... engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, n.5)
El hagiógrafo en esta pericona presenta a cuatro grupos de personas diversas reunidas en el mismo lugar: por una parte a los apóstoles; a un conjunto de mujeres de las que tenemos cierta referencia por el evangelio (Lc 8,1-3; 23,55-56; 24, 22-23); a los hermanos de Jesús (Lc 8, 19-21), es decir a sus familiares en diverso grado y finalmente a María. Es notorio que S. Lucas cite por su propio nombre sólo a Ella, y, no sin sentido, acompaña su cualificación determinante «la madre de Jesús». El Evangelista desea que quede patente que, en los albores de la Iglesia naciente, María está presente ejercitando su misión materna, prolongando, así, el misterio de la Encarnación en el misterio de la Iglesia.


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