martes, 1 de diciembre de 2015

1. INTRODUCCIÓN.

En el mismo designio eterno en el que Dios decidió la encarnación de su Hijo, se encuentra también la elección de Santa María como Madre del Verbo encarnado. Se trata, pues, de un designio que afecta esencialmente a la forma en que el Verbo se hace carne, y que afecta también a la forma de la maternidad de María. Es una maternidad perfecta y plena en todos sus aspectos, en la que la persona de la Virgen se encuentra en total y absoluta referencia a la Persona del Redentor y a la salvación del mundo. Santa María es no sólo la Madre del Redentor, sino su compañera (socia) y su colaboradora en la obra de la redención de los hombres.


La piedad cristiana ha visto en la misión materna de María la razón profunda de la santidad y plenitud de gracia de que Nuestra Señora se halla revestida desde el primer instante de su concepción. De ahí que la piedad cristiana haya visto una estrecha conexión entre maternidad divina e inmaculada concepción. Puede decirse que no es del todo acertada una visión teológica que entienda la concepción inmaculada como un privilegio otorgado a Santa María en atención a la dignidad de la maternidad divina, como si se tratase de una gracia extrínseca a esta maternidad, como un don pedido simplemente para el ornato de quien posee semejante dignidad. Más bien hay que considerar que la total santidad de María -y en consecuencia su inmaculada concepción- es un momento interno de esta maternidad, que es, indisolublemente, maternidad biológica y, al mismo tiempo, plenamente humana y plenamente sobrenatural, e incluye, por lo tanto, una participación perfecta en la misión redentora del Hijo.



Si la santidad no es otra cosa que unión del hombre con Cristo, una relación de filiación en Cristo por el Espíritu, la relación única e irrepetible con el Verbo que establece la maternidad, convierte a Santa María en una criatura del todo singular. Por ello, si ya en los planes eternos de Dios estaba presente María, cuando llegó el momento de su cumplimiento, el Señor hizo a Nuestra Señora la toda santa (panaghia), desde el primer momento de su generación.



Esta santidad plena de María comporta dos aspectos inseparables: uno negativo, que es la preservación de todo pecado, tanto original como personal; el otro positivo, que es la plenitud de gracia recibida. Se trata de dos aspectos de una misma y única realidad, que se desglosa aquí siguiendo el orden habitual en su tratamiento: Inmaculada Concepción y santidad plena.


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