martes, 1 de diciembre de 2015

2. LA INMACULADA CONCEPCIÓN.

La doctrina sobre la Inmaculada Concepción de María, es decir, la afirmación de su total preservación de toda mancha de pecado desde el primer instante de su concepción, tal y como hoy se profesa en la Iglesia, es el resultado de un largo proceso en el que a lo largo de los siglos el pueblo cristiano primero y los teólogos después han ido tomando una conciencia cada vez más clara de las implicaciones que se encuentran en la afirmación de la plenitud de gracia y de la total santidad de la Madre del Señor.


 Aunque en los primeros escritores cristianos no se encuentran textos explícitos en torno a la Inmaculada Concepción, sí queda claramente apuntada por ellos la singular relación existente entre Santa María y la obra de la Redención (...) Así, cooperación a la obra de la redención y santidad de María aparecen en la predicación de la fe y en estos escritos estrechamente relacionados, pues pertenecen a la naturaleza de su misión de nueva Eva. En el Protoevangelio de Santiago (siglo II) se encuentra el primer relato de una concepción milagrosa de Santa María. Para el tema de la Inmaculada, la importancia del relato estriba no en su real autoridad doctrinal, sino que dimana de la gran autoridad de que por entonces gozaba y del testimonio que aporta en torno a la creencia popular.



En estos siglos, precisamente en el desarrollo y profundización del paralelismo Eva-María por parte de los Padres, se extraen también algunas de sus consecuencias, especialmente las que se refieren a la santidad de la nueva Eva.



Baste citar como ejemplo a San Efrén, que alaba a María diciendo que es la toda bella, porque no hay en Ella mancha alguna, a San Epifanio que ensalza a la «toda bella, santa y digna de honor», a San Gregorio Nacianceno que habla de la prepurificación de María, porque iba a ser la Madre de Dios. Al mismo tiempo hay algunas voces discordantes que, basándose en Orígenes, sostienen la existencia de imperfecciones en María.



Especialmente importante reviste la posición de San Agustín en sí misma y en su influencia histórica (...) Si por una parte la tematización explícita de la cuestión ayuda a su planteamiento consciente y por tanto a su clarificación (controversia con los pelagianos), por otra la evasiva respuesta de San Agustín a Julián de Eclana influirá pesadamente durante muchos siglos en el pensamiento teológico de Occidente



La cuestión planteada por Julián de Eclana y la respuesta de San Agustín son muy conocidas. Julián recurre a la Inmaculada Concepción precisamente para oponerse a la doctrina agustiniana de la universalidad del pecado original, apoyándose en la piedad popular que venera la santidad de María en su concepción. El argumento de Julián contra Agustín es elocuente: «Eres peor que Joviniano: él evacua la virginidad de María en la forma del parto; tu la entregas al diablo a María en persona por la forma de su nacimiento». El argumento de Julián es claro: la doctrina de la universalidad del pecado de origen va contra la piedad popular que estima que jamás hubo pecado en Santa María.



Aunque la pregunta de Julián era directa y rotunda, la respuesta de San Agustín no lo fue tanto: «no entreguemos -dice- a María al diablo por la condición de su nacimiento, sino porque la misma condición se desata por la gracia de renacer». Dentro de la oscuridad, parece claro que San Agustín en este texto referido al origen de Santa María pone como principio indiscutible que este origen -este nacimiento- debe ser alcanzado por la gracia del «renacer» en Cristo. También es claro que una vez sentado el principio de la universal necesidad del «renacer», San Agustín no menciona excepción ninguna para Santa María. Quizá se lo impida su decidido empeño por mostrar la universalidad del pecado original frente a pelagianos y semipelagianos.



En cualquier caso, el pensamiento subyacente de que para ser redimido es necesario haber participado del pecado de Adán, es decir, de que la universalidad de la redención depende de la universalidad de la participación de facto en el pecado de origen va a ser el argumento básico contra la Inmaculada Concepción de tal forma que esta verdad sólo se irá aceptando por los teólogos en la medida que se vaya solucionando esta cuestión. La doctrina agustiniana sobre la gracia, el pecado original y su transmisión precisamente por el acto generativo llevan a la conclusión de que San Agustín no afirma la Concepción Inmaculada. Le faltan, en efecto, las precisiones y distinciones que irán haciendo los teólogos posteriores fundamentados en su pensamiento. Y sin embargo, en la oscuridad de la frase agustiniana late un testimonio: el testimonio del respeto de San Agustín por la piedad popular, que intuía como santa la misma concepción de la Virgen.



La primera afirmación explícita en torno a la Inmaculada Concepción parece que se encuentra en Teoteknos de Libia cuyo panegírico se sitúa entre los años 550-650. Le sigue el de San Andrés de Creta.



Juntamente con estos testimonios patrísticos, debemos hacer notar que la fiesta litúrgica de la Concepción se celebra en muchas iglesias de Oriente en el siglo VII.



Al principio se conmemoraba en esta fiesta especialmente la concepción activa de Ana, anciana y estéril, que por una gracia especial divina, engendró a María. Poco después cambia en sentido y de la concepción activa se traslada a la concepción pasiva de María. Desde el principio se relacionaba de hecho con la Natividad de María. Los oradores subrayan, en la fiesta de la Concepción, la especial intervención de la Trinidad para preparar en María una digna morada al Hijo de Dios.



En la Alta Edad Media encontramos muchos escritores, especialmente en el Oriente, que reafirman la plena santidad de María desde su concepción. En Occidente mencionaremos, entre otros, a Pascasio Radberto y a San Fulberto de Chartres. La fiesta de la Concepción de María pasa de Oriente a Occidente en el siglo IX.



A principios del siglo XII fue suprimida la fiesta de la Concepción en Inglaterra. Sin embargo, poco tiempo después fue restaurada por Anselmo el joven (+1148). Es en este momento cuando comienza el ardor en la controversia teológica sobre la concepción inmaculada de María.



Las causas de esta controversia, con diversas variantes, las podemos resumir en estas dos:



1ª La doctrina agustiniana sobre la transmisión del pecado original: la concupiscencia del acto generador mancha la carne engendrada. Esta mancha inficiona al alma cuando se une a ella al cabo de un cierto tiempo;



2ª La universalidad de la Redención es incompatible con la inmaculada concepción de María; pues si la Virgen fuese inmaculada, estaría exenta de la Redención al no tener ni pecado original, ni personal. Con estas tesis los teólogos se dividieron en dos tendencias.




a) Tendencia negativa (si se niega la concepción sin mancha de María).



San Anselmo sólo trata de la exención de pecado en María en la medida en que le resulta necesario para afirmar la absoluta pureza y santidad de Cristo. Niega la Inmaculada Concepción, pero su explicación del pecado original en la que reduce considerablemente el papel atribuido por los teólogos anteriores a la concupiscencia de los padres en el acto generador, facilita la aceptación de una concepción no virginal y al mismo tiempo exenta de pecado (...) A pesar de la negación explícita de la Inmaculada por parte de San Anselmo, su pensamiento influye poderosamente en la defensa de la Inmaculada como se hace patente en Eadmero uno de sus más cercanos discípulos.



Pedro Lombardo influyó mucho en los teólogos de esta época. «La carne concebida en la viciosa concupiscencia -escribe- está corrompida y manchada; el alma, cuando se infunde en esa carne, contrae la mancha, con la que se transforma en rea». Con este planteamiento tan material sobre la transmisión del pecado original, es imposible que pueda admitirse la concepción inmaculada de María. Para que se dé ese hecho, es preciso que la concepción sea virginal, o bien haya una purificación previa del cuerpo de María antes de la animación. De la misma opinión son San Bernardo y San Alberto Magno, quienes afirman que la Virgen fue purificada muy pronto después de su generación.



Santo Tomás, San Buenaventura y Alejandro de Hales entre otros, niegan la concepción sin mancha de María, al no considerarla compatible con la universalidad de la Redención.





b) Tendencia positiva (se afirma la concepción inmaculada).




Eadmero (+1124) defiende con sólidos argumentos que María fue concebida sin mancha de pecado. Las bases planteadas pos San Anselmo sirvieron para superar las explicaciones excesivamente materialistas de la transmisión del pecado original, y sus discípulos pudieron afirmar esta verdad (...)Distingue entre la concepción activa y la pasiva y dice que, si en la concepción de María hubo algún influjo del pecado original, fue en los padres (concepción activa), no en María (concepción pasiva), que fue preservada del pecado cometido por otros. De hecho se trata de mostrar el momento en que se interrumpe la cadena de pecado de la humanidad.


Hay en toda persona que comienza una radical novedad con respecto a los padres y, al mismo tiempo, esa persona viene al ser a través de la herencia de ellos. Así, mientras que la concepción activa implica continuidad, la concepción pasiva es el comienzo de un nuevo ser, y es precisamente en esta novedad donde se puede encontrar la ruptura con la larga cadena del pecado.



Se hace notar frecuentemente -y es de gran importancia- que Eadmero no habría podido tomar esta postura de defensa de la Inmaculada Concepción frente a la mayor parte de los teólogos de su tiempo, si no hubiese tenido, además, la convicción de que Dios comunica su verdad en la humildad y pequeñez de los sencillos, que celebraban la fiesta de la Inmaculada movidos por el afecto de la piedad y de la sincera devoción hacia la Madre de Dios y que se sentían ofendidos cuando oían decir que María fue mancillada por el pecado. En efecto, en el tema de la Inmaculada Concepción, la liturgia y la fe popular fueron muy por delante de la teología docta, sirviendo de guía. En su defensa de la Inmaculada, Eadmero puede calificarse como el primer teólogo del medioevo que presta su fuerza argumentativa a esta creencia popular. Y lo hizo con vigor y sabiduría.



La segunda objeción contra la Inmaculada Concepción fue resuelta por la escuela franciscana, al formular la redención preservativa. Guillermo de Ware (+1300), maestro de Duns Escoto en Oxford, niega que María haya contraído el pecado original, ya que fue preservada. Y esta preservación se debe a los méritos de la pasión de Cristo.



Duns Escoto es quien expone armónicamente toda la doctrina inmaculista. En sus lecciones de Oxford presentó como probable la opinión favorable a la Inmaculada Concepción; en las de París la presentó como posible. En estas lecciones, Escoto presenta su opinión con verdadera modestia.



Es claro, sin embargo, que Duns Escoto se inclina decididamente por la opinión favorable a la Inmaculada Concepción. «Sus méritos principales son:



1º) Desarrolla la idea de redención preservativa, como la redención más perfecta;



2º) propone una fórmula clara, según la cual, aunque María no tuvo pecado original, tuvo si “débito”: habría sido enemiga si no hubiese sido preservada».




Precisamente en el desarrollo de su pensamiento en torno a la redención preventiva Duns Escoto pone de relieve que la Inmaculada Concepción no quita nada a la unicidad y universalidad de la mediación de Cristo, sino que la destaca aún más, pues brota de ella. En la concepción de Santa María se muestra, en toda su plenitud, que Cristo es el perfecto Mediador, pues Ella ha sido preservada de toda mancha de pecado en atención al Redentor. Es Cristo mismo quien ha merecido que su Madre fuese preservada del pecado original. Con Escoto adquiere el argumento de la santificación preventiva de Santa María su plena dimensión cristocéntrica: la Virgen no sólo ha sido santificada desde el primer instante de su concepción en atención al Redentor, sino por los méritos del Redentor. Ella es fruto de la perfección infinita del Redentor. Ella no es una excepción a la redención, sino que es la más perfectamente redimida; su exención del pecado original no es una simple exención, sino auténtica redención, que le ha evitado el contraerlo.



Francisco Maironis, discípulo de Duns Escoto, fue quien explicitó el famoso argumento inmaculista -potuit, decuit ergo fecit- utilizado primeramente por Eadmero y posteriormente por Escoto en la defensa del privilegio.



Resueltos teológicamente los dos grandes escollos doctrinales que cuestionaban la Inmaculada Concepción -gracias en especial a las aportaciones de Eadmero y Duns Escoto-, se fue imponiendo gradualmente la tesis inmaculista entre los teólogos.



La controversia siguió su curso, aunque algo más confusa, debido a que en ella, no sólo se planteaban las opiniones de uno u otro teólogo, sino que las diversas familias religiosas tomaron partido en pro o en contra de la Inmaculada Concepción. Dividiéndose en maculistas (los dominicos) e inmaculistas (los franciscanos). Los primeros se basaban en la autoridad doctrinal de Santo Tomás, máxime cuando en 1323 fue declarado «Doctor Universal»; los segundos cerraban filas alrededor de Duns Escoto.



Especial importancia revisten los acontecimientos del Concilio de Basilea. En el año 1431, bajo el pontificado de Eugenio IV, se convocó el Concilio para combatir los errores de Juan Huss y afrontar la reforma de la Iglesia. El 8 de diciembre de 1435, Juan de Romiro y pide al Concilio que se ponga fin a la controversia inmaculista evitando así el escándalo de los fieles y que se establezca universalmente la fiesta de la Inmaculada Concepción.



Por influencia de este Concilio, la Universidad de París decidió el año 1497 la implantación del voto y juramento de la defensa de este privilegio. Le siguieron las de Colonia (1499), Maguncia (1500), Viena (1501), etc. Esta costumbre de prestar juramento de palabra, escrito, e incluso hasta el derramamiento de sangre por su defensa, tuvo un notable movimiento ascensional. Especialmente en el siglo XVII existe un verdadero fervor concepcionista, de tal manera que más de 150 universidades defienden el privilegio y unas 50 exigen el juramento en la colación de grados.



A partir de este siglo se puede decir que los teólogos de la Compañía de Jesús, los franciscanos, los servitas, los agustinos, los carmelitas y algunos dominicos defienden la concepción inmaculada de María; en tanto, que en la práctica sólo los dominicos sostienen la tesis contraria. Los argumentos utilizados, tanto a favor como en contra, permanecen substancialmente idénticos a los ya esgrimidos en los siglos anteriores. El progreso tiene lugar ahora precisamente en las decisiones del Magisterio.
Magisterio previo a la definición dogmática.




1. Sixto IV (+1484) no emanó ninguna decisión doctrinal, pero prohibió a los partidarios de ambas tendencias acusarse recíprocamente de herejes. Reconoció además la fiesta de la Inmaculada Concepción y la celebró públicamente, enriqueciéndola con una octava.



2. El Concilio de Trento no aprobó, en su decreto sobre el pecado original, la doctrina inmaculista; pero abrió la posibilidad de una posterior definición (Dz 1516).



3. Alejandro VII (1661) en la bula Sollicitudo omnium ecclesiarum, determina además el contenido teológico de la fiesta.
La bula Ineffabilis Deus.



Pío IX convocó en el año 1848 una comisión de 19 teólogos para que cada uno personalmente diera su parecer sobre este tema. El 2 de febrero de 1849 publicó la encíclica Ubi Primum, pidiendo la opinión de todos los obispos del mundo. De los 603 que contestaron, 546 eran favorables; pocos se mostraron contrarios y el resto no veían oportuna la formulación dogmática, para no herir la susceptibilidad de los protestantes. Después de varias consultas a diversas comisiones constituidas al efecto, el papa Pío IX, haciendo suya la decisión positiva del episcopado mundial, la doctrina papal anterior, la difusión del culto y el sentir de la piedad popular, decidió definir como dogma la Inmaculada Concepción de María. Lo hizo mediante la bula Ineffabilis Deus el día 8 de diciembre de 1854.



Dz 2803: «...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano,...»




La definición dogmática contiene varias afirmaciones:



a) «La persona de María» fue inmune de toda mancha de pecado original y, por tanto, sin mancha, ni reato de culpa y de pena. Puesto que en la actual economía de la gracia, en la que todo hombre nace manchado, la alternativa es: o en gracia o en pecado, la inmunidad de pecado original supone necesariamente la santificación por la gracia, y se puede hablar tanto de Inmaculada Concepción de María como de Purísima Concepción.



b) El dogma se refiere a la concepción pasiva de María, es decir, en el seno de su madre y alude al mismo momento de la concepción, o sea, cuando se produce la infusión del alma. Es, por tanto, erróneo sostener que fue santificada en el seno materno antes de su nacimiento, pero después de la concepción.



c) El hecho de ser preservada de pecado original fue un don absolutamente singular, que por omnipotencia divina la sustrajo a la ley general de todos los hombres.



d) La causa meritoria de la Inmaculada Concepción es el mérito de Cristo. Pablo VI enseña en le Credo del pueblo de Dios: «Creemos que María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado, nuestro Dios y Salvador Jesucristo y que en virtud de esta elección singular Ella ha sido, en atención a los méritos de su Hijo, preservada de toda mancha de pecado original y colmada del don de la gracia más que todas las demás criaturas».





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