domingo, 27 de diciembre de 2015

2. SENTIDO TEOLÓGICO DE LA VIRGINIDAD DE MARÍA.

Si desde un punto de vista científico se entiende por virginidad la integridad corporal de una persona que no ha tenido comercio sexual; desde una perspectiva neotestamentaria, la virginidad comporta la entrega total de la persona, alma y cuerpo, mente y corazón a Jesucristo. Es un don brindado por el Señor, no impuesto (Mt 19,11), que supone una llamada y una elección previas, que consagra a la persona al servicio de Dios. Esta donación de la persona comporta:

1. la virginidad del cuerpo, es decir afecta a la corporalidad. Esta integridad inviolada es, como dicen los teólogos, el elemento material de la virginidad. Tal integridad corporal plena no debe ser considerada como algo accidental o secundario al hecho mismo de la virginidad; es, por el contrario, elemento esencial e imprescindible.

2. la virginidad del alma, o sea, la decisión consciente y libre de pertenecer exclusivamente a Dios y apartar todo aquello que atente a la castidad perfecta. Presupone y requiere no sólo la total integridad física de la mujer -como mera realidad biológica-, sino la voluntad de conservar siempre la integridad.
Esta entrega con corazón indiviso constituye el elemento formal e intencional de la virginidad. Si tal entrega tiene por motivo una razón sobrenatural -propter regnum caelorum (Mt 19,12)- entonces la virginidad, del cuerpo, de los sentidos y del alma, adquiere un sentido trascendente y sobrenatural.
De aquí que la integridad corporal haya de ser fruto y consecuencia de la virginidad del alma; ésta es la que da sentido, valor y mérito a la virginidad corporal, que no resulta entonces una renuncia ni una negación, sino «una afirmación gozosa» donde «el querer, el dominio, el vencimiento, no lo da la carne, ni viene del instinto; procede de la voluntad, sobre todo si está unida a la Voluntad del Señor».
La doctrina católica sobre la virginidad de María incluye indiscutiblemente la corporalidad. Paulo IV censura como contrarias a «los fundamentos de la fe» proposiciones de los unitarios, que «afirmaron que (nuestro Señor) no fue concebido del Espíritu Santo en el seno de la bienaventurada y siempre Virgen María, sino como los demás hombres de la semilla de José... y que la misma Virgen María... no perseveró siempre y perpetuamente después del parto».
Por tanto, lo que la Iglesia enseña como verdad revelada sobre la virginidad de María es lo siguiente:
a) la absoluta y perpetua integridad corporal de la Virgen;
b) su virginidad de alma, es decir, la plena y exclusiva unión esponsal de su alma con el Señor. Dice Pío IX, es «más santa que la santidad y sola santa y purísima en el alma y en el cuerpo, que superó toda integridad y virginidad».


Este dogma de la fe católica supone que:
1. María concibió milagrosa y virginalmente por el poder omnipotente de Dios, por lo que Jesús no tuvo padre humano;
2. Dio a luz sin perder su virginidad en el nacimiento de su Hijo;
3. María, después del nacimiento de Cristo, permaneció virgen durante toda su vida terrestre.

Fundamentación escriturística.


1. Is 7,14. Las formas verbales «concebirá» y «dará a luz» se aplican al mismo sujeto: la virgen. Por tanto, «ambas palabras se refieren al sustantivo virgen con el mismo sentido de presencialidad». Para muchos teólogos en este versículo se afirma tanto la concepción, como el parto virginal.
2. Mt 1,18-24 narra expresamente el modo como Jesús fue concebido. La concepción se realizó virginalmente, sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo: es la virginidad antes del parto. En 1,23 dice que se ha cumplido la profecía de Isaías (7,14), sobre una virgen-madre que engendrará y dará a luz al Enmanuel.
3. Lc 1, 26-33 narra la Anunciación de María. Ella, ya desposada con José, era virgen; y el modo como ha de concebir es por la virtud del Espíritu Santo, no por obra de varón.
4. Lc 1,34 nos ofrece la pregunta de María a San Gabriel cuando le anuncia la concepción del Hijo de Dios. Las palabras de la Virgen revelan su firme y decidido propósito de mantener consagrada a Dios su virginidad. Si tal era la voluntad deliberada de María aun antes de concebir al Hijo de Dios, y esa actitud era fruto de la gracia, se debe admitir que, después de ser Madre de Dios, conservase con fidelidad su virginidad santificada. Tampoco sería inteligible de parte de Dios el que hiciera dos portentosos milagros para conservar la virginidad de su Madre en la concepción y en el parto, si tal integridad no se hubiera de conservar.
5. Lc 1,35b: “lo que nacerá santo, será llamado Hijo de Dios”. El «nacer santo» implica la ausencia de contaminación y, más en concreto, de la contaminación de la efusión de sangre que hacía impura a la mujer. Por tanto, cuando el ángel dice esto está indicando que el parto será virginal.
6. Lc 2,7 relata el nacimiento con una delicada insinuación sobre el parto milagroso, cuando nos refiere que María misma al dar a luz presta inmediatamente a su Hijo, sin ayuda de nadie, los primeros cuidados, que se reducen a abrigarlo y dejarlo sobre el pesebre. Son indicios muy significativos de que el parto ha sido milagroso según algunos Padres de la Iglesia.
7. Jn 1,13. Si aceptamos la lectura singular este versículo se aplica directamente a Cristo, de quien se dicen tres negaciones. Las dos últimas -ni de la voluntad de la carne, ni del querer de hombre- «se refieren, por exclusión, al modo en que el Verbo tomó carne en María. En el proceso de la encarnación no tuvo parte ningún deseo-instinto sexual... ni por parte del hombre. La única paternidad respecto a Jesús fue la de Dios (sino de Dios)». Se afirma, por tanto, la concepción virginal de Cristo. La primera negación -no de las sangres- da a entender que en el momento del alumbramiento del Niño, no hubo derramamiento de sangre en la madre. El hagiógrafo sostiene de forma velada, pero clara que el parto fue virginal.
8. Jn 19,25ss. En el Calvario Jesús agonizante confía María a su discípulo amado, Juan. Este hecho ha sido considerado por los Padres como una constatación sensible de que María no tuvo ningún otro hijo, pues sería extraño, en tal caso, la petición de Cristo a Juan. El testamento de la Cruz es una prueba implícita de la perpetua virginidad de María.

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