domingo, 27 de diciembre de 2015

4. DESARROLLO HISTÓRICO DE LA VIRGINIDAD DE MARÍA.

Haciendo un resumen de la tradición eclesiástica hasta el año 200, se puede decir que la «concepción virginal activa fue considerada por la Iglesia como un indiscutible patrimonio doctrinal y fue puesta al servicio de la defensa de la divinidad del Redentor», a pesar de que «esté en cierto sentido en la encrucijada de todas las controversias y debates teológicos del siglo II e incluso del período siguiente». En efecto, los Padres defienden la virginidad de Santa María, a pesar de que su defensa pueda resultar incómoda en su controversia con los gnósticos y docetas.

La virginidad de María se contiene también en todos los primitivos Símbolos de fe. En el antiquísimo Símbolo Apostólico redactado por San Hipólito (+235) se afirma que «¿Crees en Jesucristo, Hijo de Dios, que nació del Espíritu Santo y de María Virgen?».
La fórmula romana antigua que es contemporánea a la de San Hipólito, induce a sostener que, en los Símbolos, se distingue el momento de la concepción y del parto, pues «concebido» y «nacido» son dos afirmaciones distintas: la primera se refiere a la generación virginal y la segunda al parto.
El Símbolo de San Epifanio (a.374) antepone y añade el «siempre-virgen» (aeiparthenos), con sentido de plenitud y perpetuidad (Dz 44).
También en este siglo IV comienza a utilizarse la fórmula ternaria: «antes del parto, en el parto, después del parto», para contrarrestar la doctrina de algunos herejes que negaban especialmente esto último.
En efecto, algunos Padres salieron en defensa de la perpetua virginidad de María ante doctrinas que se propalaron a mediados del siglo IV. En concreto se pueden citar a la secta de los antidicomarianitas en Arabia; a Helvidio en Roma y a Bonoso obispo de Iliria. Estos errores provocaron una reacción en defensa de la virginidad; San Epifanio escribió contra los primeros, San Jerónimo contra Helvidio y San Ambrosio contra Bonoso.
El papa León Magno en su célebre Epístola Dogmática a Flaviano, patriarca de Constantinopla, contra la herejía monofisita, formula la fe católica sobre la virginidad de María en la concepción y en el parto de Cristo (Dz 291-294).
Entre los textos magisteriales posteriores al de Calcedonia cabe hacer una mención especial, entre otros a los siguientes:
El Concilio II de Constantinopla (a.553), que en sus cánones incluye la fórmula aeiparthenos utilizada en el Símbolo de San Epifanio.
La profesión de fe del papa Pelagio (a.557) que confiesa tanto la concepción virginal como la virginidad en el parto.
El Sínodo Romano o Lateranense del año 649, presidido por el papa San Martín I (Dz 503).
En el siglo VII debemos mencionar de manera especial a San Idelfonso de Toledo (+667) que se distingue por su apasionada devoción a Santa María y por la eximia defensa de su virginidad perpetua. Escribió el conocido tratado De Virginitate perpetua Sancte Mariae contra infideles, que es la primera obra de Occidente dedicada por entero a ensalzar las perfecciones marianas y en especial su virginidad. Según algunos autores, San Idelfonso es solidario en este libro al pensamiento de San Agustín, San Isidoro y quizá de las traducciones latinas de San Efrén el Sirio.
El Concilio XI de Toledo (a.675) recoge en su Símbolo la siguiente doctrina (ver Dz 533).
También los Concilios Ecuménicos IV de Letrán y II de Lyon profesan y defienden la perpetua virginidad de María (Dz852).
El año 1555 el papa Paulo IV sale al paso a los errores difundidos por algunos protestantes mediante la bula Cum quorumdam. En ella se condena a los que afirman que la beatísima y siempre virgen María no concibió por obra del Espíritu Santo, sino como los demás hombres del semen de José... (Dz 1880).
Clemente VIII da la explicación auténtica del misterio de la virginidad en el Motu propio Patoralis Romani al declarara el tercer artículo del Credo.
Los Racionalistas del siglo XIX y los Modernistas de principios del XX afirmaron que la concepción virginal de Jesús es un mito cristiano surgido por influencias paganas: helenistas, egipcias o persas. Otros pretendieron fundar esta teoría del mito de la concepción virginal de Jesús en el supuesto entusiasmo mitificador de los primeros cristianos, en su afán de «divinizar» a Cristo (...)Sin embargo, la concepción virginal de Jesús, tal como ha sido enseñada por la Iglesia, difiere diametralmente de todo mito pagano; en las mitologías paganas politeístas no se encuentra jamás la idea de una concepción virginal, sino lo contrario. El concepto mismo y el hecho de la concepción virginal son exclusivamente cristianos. La unánime creencia en la concepción virginal de Cristo no es una verdad que se haya creado progresivamente, sino que aparece clara, fija e inmutable desde el inicio mismo de la Iglesia, y pertenece al contenido de la primitiva fe cristiana.
En los últimos años han surgido algunas interpretaciones que, por influjo de planteamientos racionalistas, presentan la concepción de Cristo con un sentido meramente «simbólico-religioso»
Algunos autores han entendido la concepción virginal como simple expresión de «la suma gratuidad del don que Dios nos hizo en su Hijo». Pero decir simplemente que Jesús es el don supremo y más excelso de Dios a los hombres no es afirmar el hecho de que ha sido concebido virginalmente; una cosa es la gratuidad de un don y otra el modo en que ese don nos llega (...)Aunque estas interpretaciones no niegan explícitamente la concepción virginal de Cristo, silencian su sentido más estricto y esencial (...) y presentando la concepción virginal como una mera expresión simbólica de la gratuidad divina, parecen olvidar el realismo biológico que implica esta verdad (...) Estas opiniones buscan vaciar la concepción virginal de su sentido biológico y hacen una dicotomía entre la «concepción virginal», cuyo protagonista es Jesús y la «virginidad biológica», que pertenece a María. En aras de una desmitologización y de una adecuación a la mentalidad moderna, afirman la primera premisa y niegan la segunda.
Otros autores ponen en tela de juicio la concepción virginal basándose en que el único modo racional de admitir esa concepción es acudir a la partenogénesis. Pero aunque ésta pudiera realizarse, nunca resultaría de ella un varón, sino una mujer, ya que el cromosoma Y no pertenece al genoma femenino. Por tanto, un óvulo virginal nunca posee el cromosoma que origina el sexo masculino. En el fondo de esta teoría hay un pre-juicio de carácter racionalista que lleva a rechazar el poder omnipotente divino, que puede hacer el milagro de engendrar una naturaleza humana que se une al Verbo, en el seno de María Santísima.
Ante tales interpretaciones incorrectas, salió al paso el papa Pablo VI quien, en carta al cardenal Alfrink sobre los puntos en que el Catecismo holandés «no debe dejar lugar a ambigüedad alguna», cita en primer lugar «cuanto se refiere al nacimiento virginal de Cristo, dogma de fe católica» (...) Igualmente a partir de los años cincuenta de nuestro signo, algunos autores han pretendido «reinterpretar» la virginidad en el parto de modo distinto al sentido mantenido por la tradición eclesial.
Como postulado de su teoría establecen el siguiente principio: parto virginal sería simplemente el parto normal de una mujer que ha concebido virginalmente; es decir, sin unión natural, sin concurso de varón. Si la concepción -dicen- ha sido virginal en su causa, también el parto -su efecto- será virginal, aunque dicho parto sea natural en su desarrollo y sus consecuencias.
Apoyan su teoría con la idea de que la permanencia de la integridad orgánica al dar a luz no pertenece a la «esencia» de la virginidad; ésta consiste esencialmente en el firme propósito de excluir toda acción o pasión contraria deliberada y en la ausencia total de unión con el elemento viril.
Concluyen, por tanto, que el nacimiento de Jesús pudo ser y llamarse «virginal», sin necesidad de creer ni afirmar obligatoriamente que fuese milagro: pudo ser un parto «natural-virginal»
Ante la posible dificultad de que tal hipótesis pueda no estar en sintonía con los textos de la Tradición y del Magisterio sobre el nacimiento de Jesús, responden diciendo que estas fórmulas de la Tradición y del Magisterio podrían ser simples residuos de conceptos biológicos arcaicos, ya superados; y que, en todo caso, la virginidad en el parto pertenece a las verdades periféricas y secundarias de la fe».



A estas teorías se pueden oponer las siguientes objeciones:
1. Según la tradición eclesial y la doctrina del Magisterio no basta admitir la sola concepción virginal de Jesús, sino también hay que profesar su virginal nacimiento.
2. Estos autores parecen excluir del concepto de virginidad la integridad física, siendo éste un elemento esencial, como lo hemos afirmado con anterioridad; porque una mujer que da a luz con un parto natural no puede ser considerada estrictamente virgen, aunque haya concebido virginalmente.
3. Según las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, la permanencia de la integridad corporal de María al dar a luz a Jesús no es algo meramente somático, sino que se considera un signo de realidades sobrenaturales. Por eso afirman con frecuencia Talis partus Deum decebat: ése era el parto que convenía a Dios.
4. Además la integridad física, como constitutivo esencial de la virginidad, está explícitamente indicada en el canon 3º del Concilio Lateranense (Dz 533). Ahora bien, es forzar el sentido propio de las palabras y hacer violencia al sentido primario de la frase el que la expresión modal incorruptibiliter no haga referencia a la integridad física, como sostienen algunos autores.
5. En el año 1961, el Santo Oficio (actual Congregación para la Doctrina de la Fe) salió al paso de las doctrinas de algunos autores modernos que tratan del dogma de la virginidad en el parto.
6. En el discurso de Juan Pablo II sobre La Virginidad de María (nº6), 1992, resume la doctrina del Magisterio.



También en los años recientes del siglo XX, algunos autores, al escribir sobre la virginidad de María después del parto, han utilizado frases más o menos ambiguas, como que «es muy improbable que María tuviera otros hijos» o que «los hermanos y hermanas de Jesús de los que hablan los evangelistas no son necesariamente hijos de José y de María», etc.
Tales afirmaciones -que al menos relativizan la fe de la Iglesia- lejos de mostrar con claridad el dogma de la perpetua virginidad de María, la ponen en entredicho, presentándola sólo como probable. Lo que significa dejar en el orden de la probabilidad los hechos revelados y la verdad definida.
La Santa Sede en el año 1968, por medio de la Comisión de Cardenales, urgía y pedía «que el catecismo Holandés proclame abiertamente que la Santísima Madre del Verbo encarnado gozó siempre el honor de la virginidad».
En Concilio Vaticano II, en L.G. nn. 57 y 63 ha reiterado la misma doctrina.  Pablo VI, en la Solemne profesión de fe (año 1968) proclama: «Creemos que María es la Madre, que permaneció siempre virgen, del Verbo Encarnado, nuestro Dios y Salvador Jesucristo».



El papa Juan Pablo II, en el documento que recientemente acabamos de citar, afirma que «en la confesión de fe en la virginidad de la Madre de Dios, la Iglesia proclama con hechos reales que María de Nazaret: (...) dio a luz verdaderamente y de forma virginal a su Hijo, por lo cual después de su parto permaneció virgen; virgen también por lo que atañe a la integridad de la carne» El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume en los números 496-499.

No hay comentarios:

Publicar un comentario