martes, 1 de diciembre de 2015

6. LA SANTIDAD DE MARÍA.

La Sagrada Escritura nos muestra a María, en la escena de la Anunciación, como la «llena de gracia» (Lc 1,28). Santo Tomás, glosando este pasaje, afirma que el ángel veneró a María cuando hasta entonces nunca se había oído que un hombre fuese venerado por un ángel. Los teólogos, en especial a partir del siglo XV, reflexionando sobre esta plenitud de gracia, se han preguntado si la gracia inicial de María fue mayor que la gracia final de cada uno de los ángeles y hombres, y aún más que la gracia final de todos los ángeles y de todos los santos juntos. Los mariólogos enseñan comúnmente que su gracia inicial fue superior a la de cualquier ángel y santo; doctrina que ha sido reflejada en la Bula definitoria.


La primera gracia fue otorgada a María como una digna preparación para la maternidad divina; y aun la gracia consumada de los demás santos no es todavía digna preparación para la maternidad divina; por tanto la primera gracia de María supera ya a la gracia de cualquier ángel o santo.



Tal plenitud no excluye en modo alguno el aumento de gracia, pues María fue viadora y no podía estar en peor condición que cualquier justo, para quien cabe la posibilidad de un continuo aumento de gracia. Podemos afirmar que la plenitud de gracia inicial de María no fue infinita y que en consecuencia podía crecer.




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