lunes, 20 de marzo de 2017

2.EL GRAN PODER DE LA VIRGEN MARIA

Publicado el 28 dic. 2012
Los que aman a Dios no pueden abrigar odio o envidia. Mientras que el principio celestial del amor eterno llena el corazón, fluirá a los demás, no simplemente porque se reciban favores de ellos, sino porque el amor es el principio de acción y modifica el carácter, gobierna los impulsos, domina las pasiones, subyuga la enemistad y eleva y ennoblece los afectos. Este amor no se reduce a incluir solamente "a mí y a los míos", sino que es tan amplio como el mundo y tan alto como el cielo, y está en armonía con el de los activos ángeles. Este amor, albergado en el alma, suaviza la vida entera, y hace sentir su influencia en todo su alrededor. Poseyéndolo, no podemos sino ser felices, sea que la fortuna nos favorezca o nos sea contraria. Si amamos a Dios de todo nuestro corazón, debemos amar también a sus hijos. Este amor es el Espíritu de Dios. Es el adorno celestial que da verdadera nobleza y dignidad al alma y asemeja nuestra vida a la del Maestro. Cualesquiera que sean las buenas cualidades que tengamos, por honorables y refinados que nos consideremos, si el alma no está bautizada con la gracia celestial del amor hacia Dios y hacia nuestros semejantes, nos falta verdadera bondad, y no estamos listos para el cielo, donde todo es amor y unidad (Testimonios para la iglesia, tomo 4, p. 221).

Aquellos que aman y sirven a Dios lo manifestarán amando y sirviendo a sus semejantes. Pablo nos presenta el ejemplo de liberalidad de los nuevos conversos cuyas obras de caridad excedían las más altas expectativas. El amor por sus prójimos era el resultado de haberse entregado primeramente al Señor y haber permitido que el Espíritu divino trabajara en sus corazones, dándoles una compasión similar a la de Cristo por aquellos que tenían necesidades y sufrimientos. Comprendían cuáles eran sus obligaciones y actuaban en armonía con la voluntad divina. Al hacerlo, glorificaban a su Padre celestial (Signs of the Times, 23 de enero, 1896).

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